Portada del texto 'Katherine la Encajera' por Marcel Schwob
“El Año Nuevo”, de Winslow Homer, grabado en madera, Harper's Weekly, vol. XIII, 1869. Imagen: Fondo Harris Brisbane Dick, 1928
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Katherine la Encajera

CUENTOS INESPERADOS PARA RECIBIR EL INVIERNO

Por Marcel Schwob   |    Diciembre de 2025


Schwob tuvo una apasionada relación secreta con una joven prostituta, y gracias a ella se adentró en la vida de la clase obrera, hasta que la tuberculosis acabó con su amada y Marcel se deprimió profundamente, pero trasladó su pena y amor a la escritura en El libro de Monelle. Más tarde, en Vidas imaginarias, abordó experiencias de personajes de la realidad con una narrativa a trasluz de un principio creador.


Nació hacia mediados del siglo XV, en la calle de la Pergaminería, cerca de la calle de San Jacobo, durante un invierno tan desapacible que los lobos corrían a través de París sobre la nieve. Una mujerzuela, de nariz muy colorada bajo su capirón, la recogió y la crio. Puede decirse que pasó los primeros años jugando bajo los soportales con Perrenette, Guillemette, Ysabeau y Jehanneton, que llevaban unos vestidos cortos y sumergían sus manitas plagadas de sabañones en los arroyos, para atrapar pedazos de hielo. También se entretenían en mirar a los fulleros que hacían trampas a los transeúntes en el juego de tablas que llaman San-Merry. Y acechaban, bajo los salientes de los tejados, las tripas en sus cubas de madera, los largos embutidos oscilantes, los garfios de hierro en que cuelgan los carniceros los grandes cuartos de carne. Junto a San Benito, donde están las escribanías, escuchaban chirriar las plumas y, por la noche, soplaban los candiles en las narices mismas de los clérigos, a través de las troneras de las tiendas. En el Puente Chico hacían burla de las vendedoras de arenques, y corrían en seguida como alma que lleva el diablo a esconderse tras las esquinas de la calle de las Tres Puertas. Luego, sentadas sobre el brocal de la fuente, parloteaban hasta la bruma del anochecer.

Así pasó su primera infancia Katherine, antes de que la vieja la hubiese enseñado a sentarse ante una almohadilla de encajera y urdir pacientemente los hilos de todos los bolillos. Más tarde, trabajó en un obraje de paños, mientras Jehanneton, por su parte, se hacía sombrerera, Perrenette lavandera, Ysabeau guantera, y Guillemette, la más afortunada de todas, salchichera, oficio que cuadraba como ningún otro a su carita colorada y siempre reluciente, que se hubiera dicho untada con sangre fresca de puerco. En cuanto a los que habían jugado al San-Merry, se iniciaban a la sazón en otras empresas; unos estudiaban en la montaña de Santa Genoveva; otros barajaban el naipe en Trou-Perrette, o entrechocaban las jarras de vino de Aunis en la Posada del Pino, o se peleaban en la hostería de Margarita la Gorda. Al mediodía se los veía entrar en la taberna, por la puerta de la calle de las Habas, y hacia la medianoche, esquivarse por la puerta de la calle de los Judíos. Katherine, mientras tanto, entretejía los bolillos de su encaje, y las noches de verano tomaba el fresco en el banco de la iglesia, donde estaba permitido reír y charlotear.

Katherine llevaba una camiseta de tela cruda y una túnica de color verde; adoraba los vestidos y adornos, y detestaba particularmente ese rodete en la cabeza que distingue a las doncellas que no son de sangre noble. Tenía también una marcada afición a las monedas de plata, y aún más a los escudos de oro. Ese fue el motivo de que se amancebara con Casin Cholet, alguacil en el Châtelet, que, bajo el ala de su oficio, ganaba muy buenos dineros. Con frecuencia cenaba en su compañía en el hostal de la Mula, frente a la iglesia de la Marina; y muchas noches, después de la cena, Casin Cholet se entretenía en ir a robar gallinas a los recovecos que tienen sus corrales al otro lado de los fosos de la ciudad. Las escondía bajo su gran abrigo y las vendía muy bien a la Macheroue, viuda de Arnoul, robusta vendedora de aves con puesto en el mercado.

Como la vieja de la nariz púrpura hacía tiempo que se pudría en el osario de los Inocentes, Katherine pensó que no había en realidad motivo para persistir en su oficio de encajera. Casin Cholet encontró para su manceba un aposento cerca de las Tres Doncellas, y allí iba a visitarla casi todos los días, al anochecer. No le prohibía, desde luego, que se asomara a la ventana, las mejillas blanqueadas de albayalde y los ojos agrandados con carboncillo; y todos los platos adornados, así como las jarras y tazas, en que Katherine ofrecía de comer y beber a los visitantes que pagaban como Dios manda, habían sido escamoteados por Casin Cholet en la taberna de los Cisnes, o la hostería del Plato de Estaño, de las que era asiduo parroquiano. No obstante, desapareció bruscamente un día en que, apurado de dinero, había empeñado los aretes de filigrana de Katherine. Sus compinches dijeron a ésta que había sido mandado azotar y echado de París por orden del preboste. El caso es que Katherine no volvió a verlo. Sola, sin tener ya que ganarlo para nadie, sin ilusiones y sin ánimos, se decidió de lleno a la prostitución, viviendo un poco en cualquier parte.

Primero, aguardó a la puerta de las tabernas, aceptando dócilmente a los que la llevaban a los taludes de los fosos, al pie del Châtelet, o contra las rejas del colegio de Navarra. Más tarde, cuando arreció demasiado el frío, una vieja celestina la hizo entrar en un prostíbulo. Vivió en un cuartito encalado, con cortinas de percal, bajo las órdenes de una patrona inflexible. Le dejaron su nombre de Katherine la Encajera, aunque ya no hacía encaje, pues algún nombre había que darle, y aquel era pintoresco y la diferenciaba de las otras. Algunos días, le daban permiso para pasearse, con la condición de que estuviera de vuelta a la hora en que la clientela solía llegar. Y Katherine vagaba por las calles, pasando y volviendo a pasar por delante de los talleres de la guantera y la sombrerera, y más de una vez permaneció largo rato atisbando y envidiando los encendidos mofletes de la salchichera, entronizada como una deidad cruenta entre los embutidos y las piernas de puerco. Luego volvía al prostíbulo, alumbrado desde la puesta del sol por unas candelas de luz rojiza que se derretían lentamente en sus palmatorias de cobre.

Un día, Katherine se cansó de vivir encerrada y huyó a los caminos. Acabó, a poco, por olvidarse de que había sido encajera, y hasta de que había vivido en París. Fue como esas criaturas que merodean por los alrededores de las ciudades, satisfaciendo el deseo transeúnte sobre la cuneta de los caminos o las tumbas de los cementerios. Estas infelices acaban por no tener otro nombre que el que conviene a su físico. Así, Katherine recibió el apodo de Hocico. Durante el día caminaba por los prados; llegada la noche, acechaba a orillas de los sembradíos, y se veía su pálido mohín entre las moreras de los setos. Hocico aprendió en esta vida muchas cosas que aún no conocía. Aguantó el terror y sus pies tiritaban al roce de las sepulturas. ¿Dónde estaban ya las monedas de plata, los escudos de oro? Y era suerte si, acabada la faena, le arrojaban alguna moneda de cobre. Vivió míseramente, de pan y queso, y sólo muy de tarde en tarde probaba el vino, si alguno de sus compañeros nocturnos la invitaba. Sin embargo, tuvo algunos amigos desgraciados que le susurraban de lejos: “¡Hocico! ¡Hocico!”, y, como aún quedaba en su corazón un vago rescoldo, los amó.

Su mayor tristeza era oír las campanas de las iglesias y capillas, pues Hocico no había olvidado del todo aquellas noches de junio en que, vestida con su túnica verde, se sentaba en los bancos del pórtico sagrado. Era el tiempo en que envidiaba acerbamente los atavíos de las doncellas nobles. Pero he aquí que, ahora, ni siquiera rodete ni sombrero tenía ya. Con la cabeza descubierta, aguardaba su pan, sentada en una dura losa. Y, en medio de la soledad nocturna del cementerio, añoraba las candelas rojizas del prostíbulo, y las cortinas de percal del aposento encalado, mejores que el lodo espeso en que se hundían sus pies.

Una noche, un rufián que se jactaba de hombre de guerra degolló a Hocico para robarle su bolsa. Pero no encontró bolsa alguna.




· “Katherine, la Encajera. Ramera enamoradiza”, en Marcel Schwob, Vidas imaginarias, trad. de Ricardo Baeza, Emecé, Buenos Aires, 1944.





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El escritor, crítico y traductor MARCEL SCHWOB (Chaville, Francia, 1867-París, 1905) fue un niño prodigio en un entorno familiar de honda cultura: de pequeño conoció la literatura francesa, hablaba inglés y alemán gracias a sus preceptores e institutrices, y poco después dominó también el español y el italiano. Mantuvo correspondencia con Stevenson y, tras su muerte, fue en busca de la tumba de su amigo, una experiencia iniciática que relata en Viaje a Samoa; allí contrajo una afección pulmonar y murió prematuramente. Escribió su obra entre los 24 y los 29 años: La cruzada de los niños, El libro de Monelle, Vidas imaginarias, La lámpara de Psique, La puerta de los sueños, El rey de la máscara de oro, el volumen de relatos Corazón doble y otros más. Su exploración de la forma literaria ha influido a grandes autores en lenguas distintas.