Camino de las pedrerías
Relato 1
CUENTOS INESPERADOS PARA RECIBIR EL INVIERNO
Por Marosa di Giorgio   |    Diciembre de 2025
Entre la infancia y el misterio oculto en las viñas hay apenas un velo a punto de caer. Una jovencita escribe su edad en la tierra, ignorando que alguien —o algo— ya la observa desde las sombras, y lo que parecía un juego se vuelve rito, metamorfosis, iniciación en no se sabe si el deseo o la transgresión.
Estaba sentada delante de la viña, y podía aparecer el monstruo delante de esas viñas. Su edad era la que, justamente, atraía a los monstruos, según decían siempre. Escribió con un palo en la arena de la vid, salpicada de uva, su edad, “Trece”.
Tal vez ya había divisado a alguno; aunque no se fijó bien.
Empezó la noche, o por lo menos, el atardecer, pero ¿cómo? si era apenas después del mediodía. Así, varias horas para siempre se perdieron. Miró si había nubes y no; sólo vio un cielo negro donde chispeaban ya las estrellas celestes.
Notó una presencia y no era de planta, no. Un muchacho de la sombra estaba parado delante de ella, como si estuviese en el vano de una puerta inexistente.
Le dijo; y no entendió bien: —Me llamo Albert… O Alan. Y tú eres… Anastasia.
No entendió.
—Anastasia, ven para mí, ven para acá.
Así, la confundía con una de sus primas. Iba a explicar y no se atrevía. Se puso, tambaleando, de pie. Sentía miedo al estar sentada, y pavor al estar de pie.
Él le dijo: —Ven, conmigo, ven. A ese árbol que ahí ves. Adentro, tiene un sillón. Donde yo voy con cada… señora… cada vez.
Y agregó: —Es lo único que yo sé hacer bien.
Luego, se le acercó; preguntó sonriendo: —Y tú… ¿Usas bombachas?...
Ella, sin contestar, pensó, sí, sí.
Él se atrevió a más.
Ella recordó que llevaba una de color de rosa, algo abullonada, con dos lazos en ese mismo color. Su mamá la había hecho así.
Trató, temblando, de liberarse. Él le sujetó un brazo (pero ¿qué era eso que estaba aconteciendo…?) como evitando fuera a escapársele; casi le rompía los huesos. Luego, suavemente, le pegó en la cara. Un alhelí oscuro se desprendió a ella de la nariz. Entonces, él sacó la lengua y sorbió esa sangre, ese coágulo. La abrazó, la besó. La arrastraba hacia el árbol; los pies de ella no caminaban, la llevaba arrastrando, la hizo subir. La sentó en el sillón adentro del árbol.
¿Cómo? ¿Y este árbol… así? Nunca lo había visto, siempre pasando por ahí. ¿O recién se habrá formado?
—Ves, todo es hermoso acá; descansa —dijo él— y quita ese delantal.
Mientras el delantal caía, él se transformó; ella lo desconocía.
Lo veía negro, ahora, brillante, como con disfraz, como con máscara, y con otra pierna, otro brazo, un gajo en la mano, pero de sí, con la punta quemando, florida. Ella gritó: —¡Aaah!... Él la hostigó, la perforó, así casi de perfil, hasta que él también clamó ¡aaah! Pero en otro tono muy distinto, casi indescriptible.
Le dijo: —Salta, ¡ahora! ¡Al suelo! ¡Ya!
A ella pareció como cuando en los sueños se cae al abismo.
También cayó la bombacha como un papel salmón, cayó más allá.
Él huía tal si lo persiguieran, como si por nada del mundo quisiese quedar ahí.
A ella le rodaba por las piernas una menstruación redonda, despacio, en forma de rosa, en forma de hilo; y de higo negro, perfumado.
Desde la fronda o de por ahí nomás apareció un perro. Le dijo: —Anastasia, no llores hermosa, te digo que no.
Anastasia. Seguían equivocándose con el nombre, la seguían confundiendo.
El perro lamió la rosa, dijo: —¡Ah! —suspiró, se tomó el espíritu de ella, el espíritu de abajo, de adentro. Entonces, se puso en dos pies. Y la abrazó. En idioma de perro, dijo: —Guau, hubiese querido entrar primero. Pero no fue.
Ya le lamía un oído, le sorbió la boca. Se le cayó un poco ansioso de baba. Estaba en dos patas, en puntas de pie, la tenía abrazada: —Miré bien todo lo que te hizo el otro. Lo miraba desde abajo. ¡Ya verás!
De entre las ramas se salió la luna como un espejo.
Y mostraba a una muchacha color de rosa adherida a un perro.
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· Relato 1, en Marosa di Giorgio, Camino de las pedrerías. Relatos eróticos, El Cuenco de Plata, Buenos Aires, 2006, pp. 7-9; originalmente publicado en la colección Biblioteca del Sur, Planeta, Montevideo, 1997.
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La poeta y actriz MAROSA DI GIORGIO (Salto, Uruguay, 1932-Montevideo, 2004) fue una de las voces más inconfundibles de la literatura latinoamericana y una figura de gran impacto en la escena cultural del Cono Sur, como intérprete de su propia obra literaria. Descendiente de inmigrantes italianos y vascos, creció entre quintas familiares, en un entorno rural que marcaría profundamente su imaginario poético. En Los papeles salvajes reunió su obra poética; en Diamelas a Clementina Médici transformó el duelo por su madre en un canto de amor. Sus relatos eróticos en Misales, Camino de las pedrerías y Reina Amelia hablan un lenguaje propio, a medio camino entre la inocencia y la transgresión. Su estilo experimental, traducido a varios idiomas, escandalizó y fascinó en dosis iguales. En 1982 recibió el Premio Fraternidad otorgado por B’nai B’rith.