Portada del texto 'Preciosidad' por Clarice Lispector
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CUENTOS INESPERADOS PARA RECIBIR EL INVIERNO

Por Clarice Lispector   |    Diciembre de 2025


Una chica de quince años camina por la calle desierta con sus libros bajo el brazo, el sol no ha salido aún y el taconeo de sus zapatos de madera llena el silencio. De pronto ve a dos hombres aparecer en su camino, piensa en ocultarse, pero sigue adelante aparentando calma. Lo que ocurre después le deja una profunda huella.


En la mañana, temprano, era siempre la misma cosa renovada: despertar. Lo cual era lento, desplegado, vasto. Vastamente abría los ojos.

Tenía quince años y no era bonita. Pero, por dentro de su delgadez, existía la vastedad casi majestuosa en que se movía como dentro de una meditación. Y dentro de la nebulosidad, algo precioso. Que no se desperezaba, no se comprometía, no se contaminaba. Que era intenso como una joya. Ella.

Despertaba antes que todos, ya que para ir a la escuela tendría que tomar un autobús y un tranvía, lo cual le llevaría una hora. Lo cual le daría una hora. De devaneos agudos como un crimen. El viento de la mañana haciéndoles violencia a la ventana y a su rostro hasta que sus labios se ponían duros, helados. Entonces ella sonreía. Como si sonreír fuese en sí un objetivo. Todo eso sucedería si tenía la suerte de que “nadie la mirara”.

Cuando se levantaba de madrugada —ya superado el instante de vastedad en que toda ella se desplegaba— se vestía corriendo, se mentía diciéndose a sí misma que no había tiempo para bañarse, y su familia, dormida, jamás adivinó lo poco que se bañaba. Bajo la luz encendida del comedor bebía el café que la sirvienta, rascándose en la oscuridad de la cocina, había recalentado. Apenas si tocaba el pan que la mantequilla no ablandaba. Con la boca fresca de ayuno, los libros debajo del brazo, por fin abría la puerta, trasponía la tibieza insulsa de la casa escurriéndose hacia la gélida fruición de la mañana. Después ya no se apresuraba más.

Tenía que recorrer la larga calle desierta hasta alcanzar la avenida, al final de la cual un autobús emergería a trompicones de la niebla, con las luces de la noche todavía encendidas en los faros. En el viento de junio, el acto misterioso, autoritario y perfecto consistía en alzar el brazo —y ya de lejos el autobús, trémulo, comenzaba a deformarse obedeciendo a la arrogancia de su cuerpo, representante de un poder supremo, ya desde lejos el autobús comenzaba a tornarse incierto y lento, lento y avanzando, cada vez más concreto— hasta detenerse frente a su cara en humo y calor, en calor y humo. Entonces se subía, seria como una misionera a causa de los obreros del autobús que “podrían decirle algo”. Aquellos hombres que ya no eran muchachos. Aunque también a los muchachos les temía, les temía también a los niños. Miedo de que “le dijeran algo”, de que la miraran mucho. En la gravedad de su boca cerrada había una gran súplica: que la respetaran. Más que eso. Como si hubiera hecho un voto, estaba obligada a ser venerada y, mientras por dentro el corazón le golpeaba de miedo, también ella se veneraba; ella era la depositaria de un ritmo. Si la miraban, se ponía rígida y dolorosa. Lo que la salvaba era que los hombres no la veían. Aunque algo en ella, a medida que sus dieciséis años se acercaban en humo y calor, algo en ella estaba intensamente sorprendido, y eso sorprendía a algunos hombres. Como si alguien les hubiera tocado el hombro. Una sombra tal vez. En el suelo, la enorme sombra de una muchacha sin hombre, elemento cristalizable e incierto que formaba parte de la monótona geometría de las grandes ceremonias públicas. Como si les hubieran tocado el hombro. Ellos miraban y no la veían. Ella hacía más sombra que lo que existía.

En el autobús, los obreros iban silenciosos con sus tarteras en las manos, el sueño todavía en el rostro. Ella sentía vergüenza de no confiar en ellos, que iban cansados. Pero hasta que conseguía olvidarlos persistía la incomodidad. Es que ellos “sabían”. Y, como también ella lo sabía, de ahí la incomodidad. Todos sabían lo mismo. También su padre lo sabía. Un viejo pidiendo limosna sabía. La riqueza distribuida, y el silencio.

Después, a paso de soldado, cruzaba —incólume— el Largo de Lapa, donde ya era de día. En ese momento, la batalla estaba casi ganada. Escogía en el tranvía un asiento, vacío de ser posible o, si tenía suerte, se sentaba al lado de alguna reconfortante mujer con un atado de ropa sobre su regazo, por ejemplo, y era la primera tregua. Todavía tendría que enfrentar, en la escuela, el largo corredor donde sus compañeros estarían de pie, conversando, y donde los tacones de sus zapatos hacían un ruido que sus piernas tensas no podían contener, como si ella quisiera inútilmente que un corazón dejara de latir, eran zapatos con danza propia. Se hacía un vago silencio entre los muchachos que quizá sintieran, bajo su disimulo, que ella era una de las devotas. Pasaba entre las filas de sus compañeros creciendo, y ellos no sabían qué pensar ni cómo comentarla. Era feo, el ruido de sus zapatos. Con tacones de madera rompía su propio secreto. Si el corredor se extendiera un poco más, de algún modo ella olvidaría su destino y correría tapándose los oídos con las manos. Sólo tenía zapatos de los que duraban. Como si todavía fueran los mismos que le habían calzado con solemnidad el día que naciera. Cruzaba el corredor interminable como en el silencio de una trinchera, y había algo tan feroz en su rostro —y también soberbio, a causa de su sombra— que nadie le decía nada. Prohibitiva, les impedía pensar.

Hasta que llegaba, al fin, al salón de clases. Donde de pronto todo dejaba de tener importancia y se volvía más rápido y leve, donde su cara tenía algunas pecas, donde el pelo le caía sobre los ojos, y donde era tratada como un muchacho. Donde era inteligente. La astuta profesión. Parecía haber estudiado en casa. Su curiosidad le informaba algo más que respuestas. Adivinaba, sintiendo en la boca el gusto cítrico de los dolores heroicos, adivinaba la repulsión fascinadora que su cabeza pensante inspiraba en los compañeros, quienes, de nuevo, no sabían cómo comentarla. La gran simuladora se tornaba cada vez más inteligente. Había aprendido a pensar. El sacrificio necesario: así “nadie se atrevería”.

A veces, mientras el profesor hablaba, ella, intensa, nebulosa, dibujaba trazos simétricos en su cuaderno. Si un trazo, que tenía que ser fuerte y delicado al mismo tiempo, se salía del círculo imaginario en que debía caber, todo se derrumbaría: ella se concentraba ausente, guiada por la avidez del ideal. A veces, en lugar de trazos, dibujaba estrellas, estrellas, estrellas, tantas y tan altas que salía exhausta de ese trabajo anunciador, levantando una cabeza apenas despierta.

El regreso a casa estaba tan lleno de hambre, que la impaciencia y el odio roían su corazón. De regreso, la ciudad parecía otra: en el Largo de Lapa cientos de personas reverberadas por el hambre parecían haber olvidado y, si se les recordara, mostrarían los dientes. El sol delineaba a cada hombre con carbón negro. Su propia sombra era una estaca negra. A esa hora en que el cuidado tenía que ser mayor, ella estaba protegida por esa especie de fealdad que el hambre acentuaba, sus rasgos oscurecidos por la adrenalina que oscurecía la carne de los animales de caza. En la casa vacía, con toda la familia en el trabajo, le gritaba a la sirvienta, que ni siquiera le respondía. Comía como un centauro. La cara cerca del plato, los cabellos casi en la comida.


—Flaquita, pero bien que traga —decía la sirvienta con picardía.

—Vete al diablo —le gritaba ella, sombría.

En la casa vacía, sola con la sirvienta, ya no caminaba como un soldado, ya no tenía que cuidarse. Pero echaba de menos la batalla de las calles. Melancolía de la libertad, con el horizonte todavía tan lejos. Se había entregado al horizonte. Pero estaba la nostalgia del presente. El aprendizaje de la paciencia, el juramento de la espera. Del que quizá jamás sabría librarse. La tarde volviéndose interminable y, hasta que todos regresaran para la cena y ella pudiera volver a transformarse con alivio en una hija, lo que había era el calor, el libro abierto y después cerrado, una intuición, el calor: se sentaba con la cabeza entre las manos, desesperada. Cuando tenía diez años, recordó, un chico que la quería le arrojó un ratón muerto. ¡Qué porquería!, gritó ella, pálida por la ofensa. Fue una experiencia. Jamás se lo había contado a nadie. Con la cabeza entre las manos, sentada. Decía quince veces: soy fuerte, soy fuerte, soy fuerte. Después se daba cuenta de que apenas había prestado atención al conteo. Para corregir la cantidad, dijo una vez más: soy fuerte, dieciséis. Y ya no estaba más a merced de nadie. Desesperada porque, fuerte, libre, ya no estaba más a merced de nadie. Había perdido la fe. Fue a platicar con la sirvienta, vieja sacerdotisa. Ambas se reconocían. Las dos descalzas, de pie en la cocina, la estufa envuelta en la humareda. Había perdido la fe, pero, al borde de la gracia, buscaba en la sirvienta sólo lo que ésta ya había perdido, no lo que había ganado. Entonces se hacía la distraída y, conversando, evitaba la conversación. “Ella imagina que a mi edad debo saber más de lo que sé y tal vez pueda enseñarme algo”, pensó, con la cabeza entre las manos, defendiendo a la ignorancia como si se tratara de un cuerpo. Le faltaban elementos, pero no quería tomarlos de quien ya los había olvidado. La gran espera formaba parte de aquello. Dentro de la vastedad, maquinando.

Todo eso, sí. Largo, cansado, la exasperación. Pero a la madrugada siguiente, ella, así como se abre un avestruz grande, se despertaba. Despertó en el mismo misterio intacto, al abrir los ojos, ella era la princesa del misterio intacto.

Como si la fábrica ya hubiera hecho sonar la sirena, se vistió corriendo, se bebió el café de un trago. Abrió la puerta de la casa.

Y entonces ya no se apresuró más. La gran inmolación de las calles. Astuta, atenta, mujer de apache. Parte del rudo ritmo de un ritual.

Era una mañana aún más fría y oscura que las demás, ella se estremeció dentro del suéter. La blanca neblina impedía ver el final de la calle. Todo estaba algodonado, no se oía siquiera el ruido de un autobús que pasara por la avenida. Fue caminando hacia lo imprevisible de la calle. Las casas dormían en sus puertas cerradas. Los jardines entumidos de frío. En el aire oscuro, más que en el cielo, en medio de la calle, una estrella. Una gran estrella de hielo que aún no había vuelto, incierta en el aire, húmeda, informe. Sorprendida en su retraso, se redondeaba en la vacilación. Ella miró la estrella cercana. Caminaba sola en la ciudad bombardeada.

No, no estaba sola. Con los ojos fruncidos por la incredulidad, en el extremo lejano de su calle, desde dentro del vapor, vio a dos hombres. Dos muchachos viniendo. Miró a su alrededor como si pudiera haberse equivocado de calle o de ciudad. Pero se había equivocado de minuto: había salido de casa antes de que la estrella y los dos hombres tuvieran tiempo de desaparecer. Su corazón se asustó.

Su primer impulso, ante el error, fue desandar los pasos que había dado y entrar en su casa hasta que pasaran: “Me van a mirar, lo sé, no hay nadie más a quien mirar ¡y me van a mirar mucho!” Pero cómo volver y huir, si había nacido la dificultad. Si toda su lenta preparación tenía un destino desconocido al que ella, por culto, tenía que apegarse. ¿Cómo retroceder, y después nunca más olvidar la vergüenza de haber esperado, miserable, tras una puerta?

Y quizás realmente no corría peligro. No se atreverían a decirle nada, porque ella pasaría con el andar duro y los labios apretados, con su ritmo español.

Con las piernas heroicas, siguió caminando. Cada vez que se acercaba, ellos también se acercaban —entonces todos se acercaban, la calle se hizo cada vez un poco más corta—. Los zapatos de los dos muchachos se mezclaban con el ruido de sus propios zapatos, era desagradable escucharlo. Era insistente escucharlo. O Los zapatos estaban huecos o la acera estaba hueca. Las piedras del suelo ponían sobre aviso. Todo era un eco y ella escuchaba, sin poder impedirlo, el silencio de ese cerco que se comunicaba por las calles del barrio, y veía, sin poder impedirlo, que las puertas estaban más cerradas. Hasta la estrella se había ido. En la nueva palidez de la oscuridad, la calle quedaba entregada a los tres. Ella caminaba, escuchaba a los hombres, porque no sería capaz de mirarlos y porque necesitaba saberlos. Los oía y le sorprendía su propio coraje para continuar. Pero no era coraje. Era su don. Y su gran vocación para un destino. Avanzaba, sufriendo al obedecer. Si consiguiera pensar en otra cosa, no escucharía los zapatos. Ni lo que pudieran decirle. Ni el silencio con el que se cruzarían.

Con una brusca rigidez, los miró. Cuando menos se lo esperaba, traicionando el voto de secreto, los vio rápida. ¿Sonreían? No, estaban serios.

No debería haberlos visto. Porque, viéndolos, ella por un instante corrió el riesgo de volverse individual, y también ellos. Eso era lo que parecían haberle advertido: mientras ejecutara un mundo clásico, mientras fuera impersonal, sería hija de los dioses y tendría el auxilio de lo que tiene que ser hecho. Pero, habiendo visto lo que los ojos, al ver, disminuyen, se arriesgó a ser un ella-misma al que la tradición no amparaba. Por un instante, toda ella dudó perdida, sin rumbo. Pero era demasiado tarde para retroceder. Sólo no sería tarde si corriera. Pero correr sería como errar todos los pasos y perder el ritmo que todavía la sostenía, ese ritmo que era su único talismán, ése que le fuera entregado a la orilla del mundo, donde se habían apagado todos los recuerdos, y como incomprensible reminiscencia había quedado el ciego talismán, el ritmo que estaba destinada a copiar, ejecutándolo para la consumación del mundo. No la suya. Si ella corriera, el orden quedaría alterado. Y nunca le sería perdonado lo peor: la prisa. Aun cuando huyas, corren detrás de ti, son cosas que se saben.

Rígida, catequista, sin alterar ni por un segundo la lentitud con que avanzaba, ella avanzaba. ¡Van a mirarme, lo sé! Pero intentaba, por instinto de una vida anterior, no transmitirles el susto. Adivinaba eso que el miedo desencadena. Iba a ser rápido, sin dolor. Se cruzarían sólo por una fracción de segundo, rápido, instantáneo, gracias a la ventaja, a su favor, de que ella estaba en movimiento y ellos se acercaban con el movimiento contrario, lo que haría que el instante se redujera a lo esencialmente necesario —a la caída del primero de los siete misterios que eran tan secretos que de ellos apenas quedara una sabiduría: el número siete—. Haz que no digan nada, haz que sólo piensen, eso sí lo permito. Iba a ser rápido, y un segundo después del cruce, ella diría maravillada, subiendo por otras y otras calles: casi no dolió. Pero lo que siguió no tuvo explicación.

Lo que siguió fueron cuatro manos difíciles, fueron cuatro manos que no sabían lo que querían, cuatro manos equivocadas de quien no tenía la vocación, cuatro manos que la tocaron tan inesperadamente que ella hizo la cosa más acertada que podría haber hecho en el mundo de los movimientos: quedó paralizada. Ellos, cuyo papel predeterminado era nada más el de pasar junto a la oscuridad de su miedo, y entonces el primero de los siete misterios caería; ellos, que tan sólo representarían el horizonte de un solo paso que se acercaba, no comprendieron la función que tenían y, con la individualidad de los que tienen miedo, la atacaron. Fue menos de una fracción de segundo en la calle tranquila. En una fracción de segundo la tocaron como si a ellos les correspondieran todos los siete misterios. Pero ella los conservó todos, y se volvió más larva, y siete años más de retraso.

No los miró porque su cara quedó vuelta serenamente hacia la nada. Pero por la prisa con que la ofendieron supo que ellos tenían más miedo que ella. Tan asustados que ya ni siquiera se hallaban más allí. Corrían. “Tenían miedo de que ella gritara y las puertas de las casas se abrieran una por una”, razonó, ellos no sabían que no se grita.

Se quedó parada, escuchando con tranquila locura los zapatos de los hombres en fuga. O la acera estaba hueca o los zapatos estaban huecos o ella misma estaba hueca. En la oquedad de los zapatos de los hombres, oía atenta el miedo de los dos. El sonido golpeaba nítido sobre las baldosas como si golpearan a la puerta sin parar y ella esperara que desistieran. Tan nítido en la desnudez de la piedra, que el zapateo no parecía alejarse: estaba allí, a sus pies, como un zapateo victorioso. Ella, de pie, no tenía de dónde sostenerse sino de sus oídos.

La sonoridad no se desvanecía, una prisa cada vez más exacta de tacones le transmitía el alejamiento. Los tacones no sonaban más sobre la piedra, sonaban en el aire como castañuelas cada vez más delicadas. Después se dio cuenta de que hacía mucho que no escuchaba ningún sonido.

Y, devuelto por la brisa, el silencio era una calle vacía.

Hasta ese instante se había mantenido quieta, de pie en medio de la acera. Entonces, como si hubiera varias etapas de una misma inmovilidad, se quedó inmóvil. Poco después suspiró. Y, en una nueva etapa, se mantuvo inmóvil. Después movió la cabeza, y entonces quedó más profundamente inmóvil.

Después retrocedió despacio hasta un muro, jorobada, muy despacio, como si tuviera un brazo fracturado, hasta que se recargó toda en el muro, y ahí quedó inscrita. Y entonces se mantuvo inmóvil. No moverse es lo que importa, pensó de lejos, no moverse. Después de un tiempo, probablemente se dijo: ahora mueve un poco las piernas pero muy despacio. Porque muy despacio movió las piernas. Después de eso suspiró y se quedó quieta, mirando. Aún estaba oscuro.

Después amaneció.

Lentamente reunió los libros dispersos por el suelo. Más allá estaba su cuaderno abierto. Cuando se inclinó para recogerlo, vio esa letra redonda y gruesa que hasta esa mañana había sido suya.

Entonces se fue. Sin saber en qué había perdido el tiempo, sino en dar pasos y pasos, llegó a la escuela con más de dos horas de retraso. Como no había pensado en nada, no sabía que el tiempo había transcurrido. Por la presencia del profesor de latín comprobó con una delicada sorpresa que en la escuela ya habían comenzado la tercera hora.


—¿Qué te pasó? —murmuró la chica del pupitre de al lado.

—¿Por qué?

—Estás pálida. ¿Te sientes mal?

—No —y lo dijo tan claramente que muchos compañeros voltearon a verla. Se levantó y dijo bien fuerte—: ¡Con permiso!


Fue al baño. Y allí, ante el gran silencio de las baldosas gritó, aguda, supersónica: ¡Estoy sola en el mundo! ¡Nadie nunca va a ayudarme, nadie va a amarme nunca! ¡Estoy sola en el mundo!

Allí estaba, perdiendo también la tercera clase, en la larga banca del baño, frente a varios lavabos. “No importa, después copio los apuntes, pido prestados los cuadernos para copiarlos en casa, ¡estoy sola en el mundo!”, se interrumpió, golpeando varias veces la banca con el puño apretado. El ruido de los cuatro zapatos comenzó de pronto como una lluvia menuda y fina. Un ruido ciego, no reflejaba nada en las baldosas brillantes. Sólo la nitidez de cada zapato que no se enmarañó en ningún momento con otro zapato. Como nueces cayendo. Sólo había que esperar como se espera que dejen de tocar la puerta. Entonces se detuvieron.


Cuando fue a mojarse el pelo frente al espejo, estaba tan fea.

Era tan poco, y ellos lo habían tocado.

Era tan fea y preciosa.


Estaba pálida, los rasgos afinados. Las manos, que humedecían sus cabellos, todavía sucias de tinta del día anterior. “Debo cuidarme más”, pensó. No sabía cómo. La verdad, cada vez sabía menos cómo. Su nariz tenía la expresión de un hocico que asoma por la cerca.

Volvió a la banca y se quedó quieta, con su hocico. “Una no es nada.” “No”, retrucó en débil protesta, “no digas eso”, pensó con bondad y melancolía. “Una siempre es algo”, dijo por gentileza.

Pero durante la cena la vida tomó un sentido inmediato e histérico.

—¡Necesito unos zapatos nuevos! Los míos hacen mucho ruido, una mujer no puede andar con tacones de madera, ¡llama mucho la atención! ¡Nadie me da nada! ¡Nadie me da nada! —y estaba tan frenética y agónica que nadie tuvo valor para decirle que no se los darían. Solamente dijeron:

—Tú aún no eres una mujer y todos los tacones son de madera.

Hasta que, así como una persona engorda, ella dejó, sin saber por qué proceso, de ser preciosa. Existe una oscura ley que hace que se proteja al huevo hasta que nazca el polluelo, pájaro de fuego.

Y le dieron sus zapatos nuevos.




· Adaptación de RBdeM; Originalmente publicado en Laços de família, ca. 1960.





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Foto: Musso Rio

La narradora y periodista CLARICE LISPECTOR (Chechelnik, Ucrania, 1920-Río de Janeiro, 1977) es una figura indiscutible de la literatura brasileña. A los 19 años escribió Cerca del corazón salvaje, que se publicó cuando ella tenía sólo 21 años y la hizo merecedora del premio Graça Aranha a la mejor novela publicada en 1943. Su prominente lugar en la historia de la literatura quedó consolidado con obras maestras como Una manzana en la oscuridad, La pasión según GH o La hora de la estrella. Su genio revolucionó además el concepto de cuento, con una obra compleja, profunda y a un mismo tiempo seductora, reflejo, quizá, de su propia personalidad siempre enigmática.