El gordito
CUENTOS INESPERADOS PARA RECIBIR EL INVIERNO
Por Etgar Keret   |    Diciembre de 2025
Parecía la típica historia de amor: cenas, sexo y promesas. Hasta que ella rompió a llorar un día y confesó su secreto. Primero él supuso algún desliz sin importancia, nunca imaginó que dormir con ella acabaría siendo literalmente otra historia.
¿Sorprendido? Pues claro que estaba sorprendido. Sales con una chica. Una primera cita, una segunda cita, un restaurante por aquí, una película por allá, siempre en sesiones matinales, exclusivamente. Empiezan a acostarse, el sexo es espectacular y después llega también el sentimiento. Cuando de pronto, un buen día, viene a ti llorando, tú la abrazas y le dices que se tranquilice, que no pasa nada, y ella te contesta que ya no puede más, que tiene un secreto, pero no un secreto cualquiera, sino algo tenebroso, una maldición, un asunto que ha querido revelarte todo este tiempo pero no ha tenido valor para hacerlo. Porque se trata de algo que la oprime a cada rato como si fueran dos toneladas de ladrillos. Algo que te tiene que contar, porque no hay opción, lo tiene que hacer, aunque bien sabe que desde el momento en que te lo revele la vas a dejar, y con razón. Y enseguida se pone a llorar de nuevo.
—No te voy a dejar —le dices—, yo no, yo te quiero.
Tal vez parezca que estás un poco emocionado, pero no, y si lo estás, es porque ella sigue llorando, no por el secreto en sí. La experiencia te ha enseñado que esos secretos que repetidamente llevan a las mujeres a hacerse trizas son la mayoría de las veces cosas de la importancia de haberse echado un palo con un animal, con un familiar o con alguien que les dio dinero a cambio.
—Soy una puta —acaban diciendo siempre.
—No, que no —insistes tú abrazándolas, o—: Shshshsh —si todavía están llorando.
—En serio es algo muy gordo —insiste ella, como si hubiera descubierto esa pachorra tuya que tanto has intentado ocultar.
—Puede que en tu cabeza suene espantoso —le dices—, pero es por la acústica. Ya verás cómo, cuando lo saques, de repente te va a parecer mucho menos grave.
Ella casi se lo cree y tras dudar un instante dice:
—¿Si te dijera que por las noches me convierto en un hombre peludo y enano, sin cuello y con un anillo de oro en el meñique, entonces también seguirías queriéndome?
Y tú le dices que por supuesto, porque qué ibas a decirle, ¿que no? Lo único que pasa aquí es que está intentando ponerte a prueba para ver si la quieres incondicionalmente, y tú siempre has estado soberbio ante cualquier prueba. Además, la verdad es que en cuanto se lo dices ella se derrite y ya están cogiendo, así, en la sala. Después se quedan abrazados y ella llora, porque se siente aliviada, y tú también lloras, ve a saber por qué. Pero a diferencia de otras veces ella no se marcha. Se queda a dormir contigo. Y tú te quedas despierto en la cama, mirando su hermoso cuerpo, el sol que se está poniendo allá afuera, la luna, que aparece de repente como de la nada, la luz plateada que le toca el cuerpo acariciándole el vello de la espalda. Y en menos de cinco minutos te encuentras con que a tu lado, en la cama, tienes a un hombre bajito y regordete. El hombre en cuestión se levanta, te sonríe y se viste algo turbado. Sale del dormitorio, y tú tras él, hipnotizado. Ahora ya está en la sala, pulsando con sus rollizos dedos los botones del control de la tele, dispuesto a ver los deportes. Futbol, un partido de la Liga de Campeones. Cuando fallan el tiro maldice y con los goles se levanta y hace la ola. Después del partido te dice que tiene la garganta seca y el estómago vacío. Que se le antoja un plato caliente, de ser posible de pollo aunque igual le caería bien de res. Así que te subes con él en el coche y lo llevas a un lugar cercano que conoce. La nueva situación te tiene preocupado, muy preocupado, pero no sabes muy bien qué hacer porque tus redes neuronales de la decisión están paralizadas. Tu mano cambia las velocidades como un robot mientras bajan hacia Ayalon, y él, en el asiento de al lado, tamborilea en el tablero con el anillo de oro que lleva en el meñique; cuando se detienen en el semáforo del cruce de Beit Dagon, baja la ventanilla electrónica, te guiña un ojo y le grita a una soldado que está pidiendo aventón:
—Chata, ¿quieres que te subamos atrás como una cabra?
Después, en Azor, te dedicas a hincar el diente hasta reventar mientras lo ves disfrutar de cada bocado y reírse como un niño. Y todo el rato te dices a ti mismo que no es más que un sueño, un sueño extraño, es verdad, pero de esos de los que enseguida te vas a despertar.
De regreso le preguntas dónde se quiere bajar, pero él se hace el sordo y pone cara mustia. Así que te ves volviendo a tu casa con él. Son casi las tres de la mañana.
—Me voy a dormir —le comunicas, y él te dice adiós con la mano desde el puf y sigue con la mirada clavada en el canal de la moda.
Por la mañana te despiertas cansado, te duele un poco el estómago, y la encuentras en la sala, todavía dormitando. Pero se levanta en cuanto sales de la regadera, te abraza con cierto aire de culpabilidad y tú te sientes demasiado confuso como para decirle nada. El tiempo pasa y siguen juntos. El sexo no hace más que mejorar día con día. Ella ya no es tan joven, ni tú tampoco, así que un buen día te encuentras hablando de tener un hijo. Por la noche, tu gordito y tú se la pasan en grande cuando salen, como nunca te la habías pasado en la vida. Te lleva a restaurantes y a bares de los que antes no te sonaba ni el nombre, bailan juntos encima de las mesas y rompen platos y más platos como si el mañana no existiera. El gordito es muy simpático, pero un poco grosero, en particular con las mujeres. A veces tú no sabes ni dónde meterte por las majaderías que hace. Pero, aparte de eso, la verdad es que te viene genial estar con él. Cuando se conocieron, a ti el futbol no te interesaba gran cosa, pero ahora ya te sabes todos los equipos y cada vez que gana el equipo del que son hinchas te sientes como si hubieras pedido un deseo y se te hubiera cumplido, un sentimiento tan poco frecuente, sobre todo en alguien como tú, que por lo general no sabes ni lo que quieres. Y así, todas las noches te duermes con él, cansado, viendo los partidos de la liga argentina, y por la mañana vuelves a despertarte al lado de una mujer guapa y comprensiva a la que también amas a rabiar.
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· Adaptación al español latinoamericano por la RdeBM, de la trad. del hebreo de Ana María Bejarano; “El gordito”, en Etgar Keret, Un hombre sin cabeza y otros relatos, col. Nuevos Tiempos, Siruela, Madrid, 2011, pp. 13-16.
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El narrador ETGAR KERET (Ramat Gan, Tel Aviv, 1967) es guionista de televisión, director de cine y cuentista de estilo directo y poderosa imaginación; ha colaborado con numerosos artistas gráficos y es profesor universitario. Se le considera el mayor representante de la narrativa hebrea contemporánea, por el trasfondo en su uso del lenguaje, el humor negro y el absurdo a partir de situaciones nimias. Sus libros gozan de popularidad en Israel, han sido adaptados a teatro, cómic, decenas de cortometrajes y traducidos a muchos idiomas, con gran aceptación de la crítica internacional. Algunas publicaciones suyas son La chica sobre la nevera, Pizzería Kamikaze, De repente un toquido en la puerta, Tuberías, La penúltima vez que fui hombre bala, Avería en los confines de la galaxia; Extrañando a Kissinger se considera uno de los libros israelíes más importantes de todos los tiempos. Recibió el Book Publishers Association’s Prize, el Ministry of Culture’s Cinema Prize, el galardón de las Academias de Cine en Múnich y la Cámara de Oro a la Mejor Opera Prima en Cannes.