Durante una charla íntima en el Frëims organizada por la escritora Sara Camhaji, la poeta y narradora Elisa Díaz Castelo conversó no sólo sobre Malacría (2025), su primera novela, sino también sobre su experiencia creativa en la poesía, el ensayo, la traducción y el cuento, géneros en los que ha incursionado con notable fortuna y que le han valido el reconocimiento de un público lector cada vez más numeroso. Para mí, y estoy segura de que para muchos, resulta de gran interés un escritor, una escritora que posee una intuición lo suficientemente aguda como para poder navegar con naturalidad en tal diversidad de géneros. Qué sucede frente a la página en blanco, qué pasa por la mente para decidir en qué registro artístico dará forma a esta o a aquella idea, ¿acaso tiene más que ver con las emociones que con el intelecto? Al respecto, Díaz Castelo nos dice:
“Creo que los tonos, los distintos registros o los distintos tonos, para mí, o al menos en mi experiencia, se alimentan unos a los otros. A veces, por ejemplo, hay un poema que no sé cómo resolver, pero de pronto pienso en un cuento, en una estructura narrativa, y eso me ayuda a resolver el poema. Lo mismo me pasó justo con esta novela [Malacría], creo que los poemas, o más bien el tono poético me ayudó a resolver la novela. La novela no habría podido funcionar sin que yo le permitiera entrar al tono poético. Sobre la carga emocional, creo que hay una relación muy visual, como muy cuidadosa, en mi vínculo con el lenguaje, que sí tiene que ver con el tono poético. Siento que todas las personas que escriben están conscientes del uso del lenguaje, aunque en la narrativa más tradicional se piensa en el lenguaje como una herramienta que señala hacia el mundo, pero creo que en la poesía piensas en el lenguaje de manera muy opaca. Piensas el lenguaje como algo que no necesariamente es transparente y también te fijas en el mecanismo del lenguaje como tal, como en el uso de palabras, en lo largo de las frases, en el sonido; todo el tiempo estás aterrizando en la palabra como herramienta. Y entonces esa concentración en el detalle lingüístico creo que sí implica a veces un compromiso emocional también, o al menos es muy cansado, puede ser cansado mirar el lenguaje siempre de esa manera. También creo que cambiar entre un tono y otro puede ser demandante o complicado, pero —en mi caso— me ayuda a descansar. Por ejemplo, en general —antes, porque ahorita ya no estoy escribiendo tanto—, antes escribía por las mañanas y luego trabajaba, entonces tenía unas horas de escritura, unas horas de trabajo, y en la tarde traducía, y ese ir y venir de distintos ejercicios intelectuales me ayudaba a descansar. La traducción de poesía también me enseñaba cosas nuevas, mecanismos nuevos, me dejaba ver mundos o formas de pensamiento distintas. Y luego —en ese momento trabajaba en edición— trabajar en edición también era como descansar de una cosa con la otra. Eso a mí me ayudaba mucho.”
En 2023 Díaz Castelo publicó El libro de las costumbres rojas, su primer libro de cuentos. Sabemos que el cuento, como género literario, es una de las formas más puras de la experiencia narrativa, dado que intenta apresar lo esencial antes de que se disuelva. Su brevedad no es una mera limitación formal, sino una búsqueda quizá ontológica: concentrar en pocos trazos aquello que, en la vida, suele dispersarse. El cuento trabaja con lo mínimo para intentar rozar lo infinito. Durante la charla, le pedimos a Elisa que mencionara algunos de los cuentos que de alguna forma le hayan dejado una impronta.
“El primero en el que pienso es ‘El almohadón de plumas’ de Horacio Quiroga, y en varios cuentos de Horacio Quiroga que me obsesionaron cuando era adolescente, eran muy inquietantes y muy perturbadores; realmente me encanta lo que resulta muy perturbador. Pero también me gusta muchísimo Borges, y creo que ‘Las ruinas circulares’, que fue el primer cuento de Borges que leí… Eso fue muy raro porque mi abuelita, que no era una lectora particularmente asidua —estaba yo leyendo a Michael Ende, Momo y así—, me dijo: Ay, deberías leer ‘Las ruinas circulares’. Y me pasó una fotocopia del cuento —no sé ni de dónde la sacó— y lo leí, no sé, como a los 13 años, y me encantó, hay varios cuentos de Borges que me parecen increíbles. También Cortázar me encanta, me parece un cuentista fenomenal, ‘Todos los fuegos el fuego’ es mi favorito de él. Alice Munro me parece una cuentista extraordinaria, totalmente distinta a esta tradición de Cortázar o de Quiroga. He leído todo lo que ha escrito Alice Munro, el cuento de ‘Yakarta’ me gusta mucho. Y ‘Un artista del hambre’, de Kafka, también me parece una maravilla de cuento.”
Pareciera que el cuento tiene un interruptor oculto para encender el canto de las sirenas. Entraña, además, una paradoja: necesita ser breve para ser inmenso. A diferencia de la novela, que despliega todo un mundo, el cuento abre apenas una grieta por la que se filtra una verdad inesperada. Su arquitectura responde a una lógica de precisión: cada personaje, cada gesto, cada imagen existe para conducir a una revelación, tenue o brutal, que reconfigure la conciencia del lector, de la lectora. Tenemos razones de sobra para despedir el 2025 leyendo cuentos y festejando la buena literatura.
Poeta, ensayista, narradora y traductora, ELISA DÍAZ CASTELO estudió Letras Modernas (Inglesas) en la UNAM y es maestra en Escritura Creativa (Poesía) por la New York University. Ha colaborado en diversos medios como Este País, La Otra, Lado Be, Literal Latté, Los Bárbaros, Periódico de Poesía y Tierra Adentro. Recibió la beca Fulbright, la beca de la Fundación para las Letras Mexicanas y la del Fonca (Jóvenes Creadores). Ha publicado Proyecto Manhattan, Principia, El libro de las costumbres rojas y Malacría, entre otros. En 2020 ganó el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes con El reino de lo no lineal y en 2019 el Premio Bellas Artes de Traducción Literaria por Cielo nocturno con heridas de fuego, de Ocean Vuong.