Los nombres no olvidados
CUENTOS INESPERADOS PARA RECIBIR EL INVIERNO
Por Sergio Pitol   |    Diciembre de 2025
Norman Cooper, un hombre hermético, huidizo e incluso antipático, escucha hablar del puerto de Beaumont durante una charla casual. A partir de ese momento, irá revelando por qué se asiló en un país enemigo y renunció a sus seres más queridos y a sus recuerdos más preciados. El dolor también puede ser una forma de vida.
Vi a Norman Cooper por primera vez en el corredor que conducía a la biblioteca. Salía de su despacho. Respondió a mi saludo casi sin despegar los labios, de un modo que sin querer ser hostil ofrecía una bienvenida tan vaga, incierta o indiferente, que en los siguientes días, cuando aprovechaba algún breve descanso para ir a la sala de lectura a hojear alguna nueva revista, no se me ocurrió repetir el gesto.
Como sucede siempre al llegar a un mundo que difiere radicalmente del propio, sobre todo si durante largo tiempo ha sido contemplado a través de libros y relatos, en las primeras semanas sentí verdadera avidez por cotejar la realidad con la imagen que de ella me había formado y tratar de recrear la atmósfera que había alucinado a ciertos personajes de Malraux, donde respiraron y combatieron hombres cuyo momento de grandeza le cupo describir a Agnes Smedley, disfrutar de los peculiares espectáculos teatrales, caminar por las viejas y abigarradas callejuelas de los antiguos barrios, rodeado por la invariable multitud, mar silencioso de uniformes azules, que agobiadoramente las transita, que apenas si reparé en el conjunto de extranjeros con quienes tendría que convivir, excepción hecha, claro está, de aquellos relacionados muy de cerca con mi propio trabajo.
Hacia el fin del otoño la dirección de la radio organizó una serie de visitas a fábricas modelo, comunas, talleres, exposiciones de arte, museos y sitios de interés arqueológico. En tales excursiones la gente se distribuía en grupos, unas veces integrados al azar, otras animados por la amistad o la simpatía, para cambiar impresiones, cotejar los datos que se nos proporcionaban, las más de las veces sólo para compartir el mal humor y el hastío. Cooper asistía invariablemente a los paseos, permanecía solo, embozado tras aquella sonrisa que había logrado convertir en una atalaya, de tal modo invulnerable, que los demás lograban olvidarse de un modo natural hasta de su simple existencia.
La impermeabilidad que mantenía hacia las personas parecía aislarlo también de las cosas, de los hechos, de todo lo que a su alrededor acontecía. Escuchaba con calma, sin esfuerzo, las palabras del guía, hacía algunas anotaciones en su agenda, paseaba, contemplaba con vaguedad lo que se nos mostraba. Sólo en una ocasión me pareció descubrir en él cierto entusiasmo, si puede así calificarse a la racha de satisfacción física que por un momento pareció invadirlo. Fue en el campo a mediados de noviembre. Un viento helado, primicia del invierno, nos obligaba a llevar puestos los pesados abrigos de guata recubiertos de áspero algodón azul. Contemplado a la distancia, nuestro descenso del autobús parecería seguramente un cuadro fantasmal, una semblanza de otro mundo: el arribo a una pequeña, modestísima aldea, de un grupo de extrañas criaturas, deformes a causa del abrigo que las cubría de la cabeza a los pies, que todo lo observaban, preguntaban y anotaban. Él marchaba solo, un poco por su cuenta, y, mientras los intérpretes traducían el discurso a las distintas lenguas, se apartaba, recogía algunas semillas, algunas briznas de hierba, las trituraba con la mano y se las acercaba a la nariz. Cuando llegamos a los potreros, mientras escuchábamos una confusa perorata sobre garañones, yaks y cebúes y veíamos retozar un atajo de hermosas bestias, se acercó un caballo que resollaba nerviosamente, le alzó una pata y contempló satisfecho la herradura. En ese momento estaba tan vivo como los caballos que palmeaba, a los que con familiaridad recuperada golpeaba los ijares o hacía abrir los belfos para examinar la dentadura. Continuamos el paseo. Cooper volvió a hundirse en su actitud taciturna.
Más tarde, en el autobús que nos conducía de regreso a la radio, quedé colocado en la banca final junto a unos norteamericanos que residían en Pekín desde hacía largo tiempo. Hicieron observaciones convencionales sobre la visita recién efectuada y luego conversaron sobre distintos aspectos de la vida del país con una euforia en la que se traslucía cierto dejo de falsedad. Sentado frente a nosotros, Norman Cooper permanecía tan mudo como siempre. Los demás acataban su silencio, ignorándolo, sin que fuera fácil precisar si experimentaban hacia su compatriota un sentimiento de tácita y compartida hostilidad, y aquel mutismo, la nebulosa e impermeable sonrisa que lo caracterizaba, era sólo una respuesta, un modo pasivo de reaccionar contra el rencor que lo acosaba, o si con su actitud pretendía expresar un desinterés total hacia los otros, o bien si sólo era manifestación de una irremediable fatiga, de una gana absoluta de desaparecer, de no existir, en pugna con la terca obstinación de seguir adelante. En cierto momento, la conversación recayó sobre Estados Unidos. Hablé de mis dos viajes a Nueva York, de unos días espléndidos pasados en Nueva Orleáns, y de la travesía a Europa en un buque de carga que fue haciendo escala en distintos puertos del Golfo, y en el que, un mes después de la fecha en que la empresa de navegación nos asegurara que estaríamos en Amberes, seguíamos soportando la lluvia, el calor, los mosquitos, el espeso tedio de los puertos norteamericanos del sur. La nave debía conducir un cargamento cuyo embarque por alguna confusa razón se dificultaba, hasta que al fin quedó decidido que las operaciones se hicieran en Beaumont. En ese pequeño puerto pasamos cerca de una semana.
—¿Beaumont, Texas?
Por primera vez me dirigía la palabra.
—Sí, Beaumont, Texas, por supuesto.
Y entonces, con voluble entusiasmo, sin que viniera al caso, comencé a relatar algunos incidentes de la semana transcurrida en Beaumont, en la que cada día parecía ser el último de nuestra escala, pues durante el desayuno un oficial solemnemente anunciaba que por la noche saldríamos rumbo a Europa, con el único propósito, al parecer, de levantar la moral del reducido y anonadado grupo de pasajeros que creía no poder resistir una más de esas odiosas jornadas. Era tal el rigor del sol de julio que hacia el mediodía las calles quedaban desiertas. Algunas tardes tratábamos de refrescarnos nadando en un ángulo del muelle lleno de basura, trozos de madera y desechos. En esos días mi compañera de mesa y yo emprendimos una serie de excursiones por la localidad a fin de evadirnos del Marburg, donde el calor y los mosquitos hacían trizas los nervios de pasajeros y tripulantes; así logramos descubrir una bella y sombreada avenida en el otro extremo del pueblo, un teatro de verano instalado no lejos de allí en un desvencijado granero, donde con buena voluntad y escasísimo talento un grupo de estudiantes representaba La soga, de O’Neil, y un programa entretenido e ingenuo compuesto con fragmentos de comedia musical. Difícilmente logro explicarme qué me llevó a recordar esas banalidades que en realidad ninguna significación habían tenido en el momento de producirse. Salvo la amistad con una anciana arqueóloga holandesa, nada había restado en mí de aquellos días. Parecería que a veces, sin siquiera advertirlo, intuimos determinadas necesidades y que nuestras palabras atinan en un blanco cuya existencia ni remotamente sospechamos. Así debió haber sido en aquella ocasión. Al callar me di cuenta de que mis palabras, de una manera que me resultaba incomprensible, habían producido una aguda irritación en mis vecinos, un malestar marcado. Quizá por haber olvidado —pensé— detenerme en la apreciación del complejo económico o en las consideraciones sociológicas de rigor.
En los siguientes días la costumbre me hizo pasar a su lado sin casi saludarlo, esbozando apenas un mínimo gesto, una imperceptible flexión de cabeza; no obstante, alguna vez me pareció advertir una titubeante simpatía que no se atrevía a manifestarse. En aquellos días fui conociendo por causalidad, en retazos de conversaciones, ciertos datos de su vida, pocos, dramáticos: había sido combatiente en Corea y hecho prisionero. Alguna razón le impulsó cuando se estableció el canje de detenidos a negarse a partir y acogerse al país que lo aprisionaba como a una nueva patria.
Eran los días de las discrepancias. La colonia extranjera se hallaba reducida notablemente. El gigantesco hotel que la albergaba parecía en aquellas transparentes noches lunares un monstruoso, colosal barco fantasma, cuya proa, para espanto de sus alucinados moradores, se orientaba hacia el desastre. Hasta hacía poco tiempo había sido el hogar de miles de personas; luego se convirtió en la ratonera de sus doscientos huéspedes, trampa aun para los “convencidos”, trampa para el pequeño núcleo de derrotados que tristemente creían encontrar allí justificación a sus vidas. Desiertos estaban los soberbios jardines donde la maleza emprendía avasalladoras venganzas conta jacintos, crisantemos y nardos; los delicados pétalos de las peonias se corrompían bajo el peso de insectos repelentes; las magnolias comenzaban a marchitarse, cercenadas sus raíces por ávidos roedores; muchos salones habían sido clausurados, tapiadas muchas puertas. Abandonado, alucinante, aquel orbe de corredores y escaleras, simétrico hasta la locura, custodiaba, torturaba al puñado de seres para quienes la vida de relación, una vez desasidos del cordón que los ligaba a un contexto nacional, a una normal vida cotidiana, adquiría de pronto nuevos y nada alentadores contenidos.
Los pusilánimes (que nunca dejan de reconocerse y aglutinarse, en cualquier latitud en que se encuentren), amedrentados siempre por la aventura que implica el pensamiento, encarnizados contra quienes en momentos de penumbra se arriesgan a ejercitarlo, ligados con desvelado ahínco a toda situación que garantice un mínimo de seguridad, anhelantes sólo de sentir firme el suelo que pisan, aunque ello presuponga y requiera actitudes miméticas, retractaciones, violentas autocríticas, silencios vergonzantes, lo que no sólo ya no resulta vejatorio sino a la postre viene a parecerles salvador (¡ah, el alivio de poder eliminar la propia decisión!, ¡el alivio de saber que no van a emitirse juicios que no estén oficialmente respaldados!), tampoco, sin embargo, se salvaban. Voceros destemplados, lanzados a cantar los hechizos, las virtudes de los victoriosos, y a señalar con la luz de la verdad a los inconformes: también ellos habían caído, aunque de manera más fatal e inexorable, en la ratonera; para ellos era ya casi imposible escapar, y de atrapados se iban convirtiendo en el cuerpo mismo de la trampa, en carne y estructura de aquel inmenso albergue. Acercarse a sus mesas proporcionaba en esos días un recuento completo de los gestos, movimientos y expresiones de aquellos a quienes consideraban como enemigos de sus posiciones. Nada se les escapaba. Preveían con vidente sagacidad lo que una frase suelta podía significar, leían en los signos que conformaban el porvenir; de un hecho aislado, de tal o cual palabra perdida, del gesto más trivial, deducían inmediatamente todo un pasado y lo enhebraban al presente con artificiosa minuciosidad. Ningún conocimiento al parecer les era ajeno. Alguna vez los escuché hablar de los antiguos prisioneros que “reeducados” prestaban sus servicios en distintas instituciones del país. Sus posiciones, como siempre, respondían a esquemas:
—¿Qué más pueden pedir? —decía en cierta ocasión una austríaca—. Vinieron como invasores y se les da trato de amigos. Que no gozan de popularidad en sus centros de trabajo, es evidente, pero lo contrario sería pedir peras al olmo. No les pueden tener la confianza que nosotros les merecemos. Eran agresores. Se les perdonó y admitió. Ya está bien, ¿o es que pretenden algo más? Todos nos hemos sacrificado al venir acá y no lo pregonamos a diestra y siniestra. Lo más probable es que quieran parranda. A un soldado, y no debemos olvidar que han sido soldados y que quizá como soldados sigan pensando, lo único que le interesa es el trago y las mujeres. Y eso no lo van a obtener aquí.
Una noche, al volver del comedor lo encontré junto a la puerta de mi departamento. Tenía en la mano una bolsa con botellas de cerveza. Había en él una ligera torpeza de gestos y palabras, como de quien por propia elección se ha mantenido durante largo tiempo aislado y trata de golpe de reanudar un trato cuyas claves ha olvidado.
—Me dieron deseos de visitarlo —dijo—; traje unas cervezas para tomar, si no tiene inconveniente, quiero decir si no tiene algún otro compromiso.
No lo tenía. Sin embargo en esos momentos sentí deseos de inventar uno; me entró una desgana absoluta de hablar, de escuchar a aquel hombre. Su solo aspecto, su manifiesta timidez, la infantil expresión de su mirada me llenaron por un momento de inquina. ¡Bastante tenía con rumiar mis propios pesares y compartir los atribulados días de mis amigos como para trabar conocimiento con aquel desdichado! Imaginaba egoístamente que al conocer sus infortunios, los míos quedarían reducidos a nada, a ráfagas caprichosas de insignificante mal humor. Pensé en las mezquinas palabras que le había escuchado a la austríaca, tratando de afianzarme en ellas: “Se les perdonó y admitió. Ya está bien. ¿Pretenden algo más?”. La frase, una vez recordada, me resultó tan mezquina que lo hice pasar inmediatamente.
Habló, habló casi sin interrupción durante largas horas. Como si por mucho tiempo hubiese tenido acumulada esa necesidad de volcarse en el simple placer de recontar los lugares de su infancia, de su adolescencia, de paladear una y otra vez las mismas anécdotas, de oír sonar en sus oídos los nombres ya distantes de sus gentes y de las cosas de sus gentes. Era de Beaumont, de una granja en las afueras de Beaumont. Nunca le respondieron sus padres, ni sus amigos. Sus cartas se perdieron en el vacío. Desde hacía doce años su pueblo era sólo una noción al capricho de la memoria; el nombre del lugar donde en otros tiempos había jugado, donde conoció las primeras letras y aprendió a nadar, donde visitó muchachas y los sábados por la tarde bailó con una tal Moira, donde preparó sus exámenes de ingreso, ¡ya no tuvo tiempo para hacerlo!, a la Universidad. Ninguno de los americanos a quienes encontró después conocían Beaumont. Algunos habían estado en Nueva Orleáns, otros pasado por Houston. Beaumont venía siendo un patrimonio con nadie compartido. Al principio había podido hablar de “su lugar” con otros compañeros de destino, luego la soledad, el no encontrar para sus palabras eco alguno, lo llevaron a aislar esa zona sentimental —zona que comprendía, resumía íntegramente su pasado— y fue acariciándola en la intimidad, extrayéndole solitaria, secretamente los sabores, vislumbrando sus luces, comprobando con terror cómo día a día alguna imagen se desgastaba en la memoria, cómo determinados rostros ya no podían ser aprehendidos en el recuerdo, cómo a veces confundía, trastocaba viejas conversaciones. En otras ocasiones el dolor que los recuerdos producían era de tal modo intolerable que resultaba mejor alejarlos y cuando se sentía con fuerzas para volver a ellos ya no estaban completos; lo más terrible entonces era pensar que quizá no podría volver a recuperar algunas imágenes extraviadas.
—¡Si uno se atreviese a ir! Si pudiera conseguir un permiso, entrar allá de cualquier manera, ver nuevamente las avenidas bordeadas de magnolios, la vieja biblioteca con su aspecto de castillo medieval construida por un filántropo de la localidad. ¿La recuerda usted?: está muy cerca de los muelles. Lord Jim fue el último libro que leí en ella: una especie de premonición, casi en vísperas de abandonar Beaumont, cuando esperaba ser movilizado de un momento a otro.
Habló en forma torrencial hasta la madrugada, de la cara del pastor anabaptista y de su frágil mujercita que año tras año obtenía el premio local de floricultura, del viaje en regata emprendido innumerables veces a lo largo del canal, de las magnolias, de su madre, del fresco olor a pan de maíz, a pie de limón, a miel de maple, de la escuela, de Moira, de la desvencijada tintorería de sus tíos. ¿Y Robert, su hermano menor? ¿Cultivaría la granja en las afueras del pueblo?, ¿habría podido ir a la Universidad? Podía darse el caso de que hubiese muerto. ¡Era desesperante ese silencio! De él, de su hermano, no lo esperó jamás. ¡Si al menos recibiese una carta de reproche, un trozo de papel plagado de insultos, una carta donde pudiera ver el matasellos de Beaumont y la firma de alguien, de cualquiera, a quien hubiese conocido, con quien hubiese hablado! Cuando estaba en el frente, más aún que en sus padres, más que en Moira, pensaba en él. El mundo debía tener un sentido para que Robert lo descubriera. Cuando decidió no volver pensó también en Robert. Fue a él a quien escribió la verdad, confió las raíces de su desesperación, los motivos que a nadie había dicho y que ahora ningún sentido tenía ya comentar.
Habló, habló, me pidió una y otra vez que repitiera mi imperfecta, confusa descripción —que él iba llenando de detalles— de la arboleda, del viaje a través del canal, de la iglesia, de la piscina pública, del teatrito de verano, del hotel Plaza, del correo, mientras él iba desgranando nombres, nombres de lugares, de calles, de personas…
[Pekín, febrero de 1963]
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· “Los nombres no olvidados”, en Sergio Pitol, Cuerpo presente, Era, México, 1990, pp. 127-134.
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El narrador, ensayista y traductor mexicano SERGIO PITOL (Puebla, 1933-Xalapa, 2018) estudió Derecho y Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México. En 1960 se traslada a Europa y vive en varios países de ese continente. Fue embajador de México en Checoslovaquia. Fue también editor y colaboró en diversos suplementos culturales de México y el extranjero. De su extensa obra sobresalen Trilogía del Carnaval, formada por El desfile del amor, Domar a la divina garza y La vida conyugal, además de Nocturno de Bujara, con el que obtuvo el premio Xavier Villaurrutia 1982. Recibió el Premio Cervantes 2005 por su trayectoria y en 2006 se inauguró la Biblioteca del Instituto Cervantes en Sofía con el nombre de Sergio Pitol.