Plegarias impertinentes
LA FUNA LITERARIA
Por Claudia Sánchez Rod   |    Marzo de 2026
¿Cómo tensar la cuerda de la libertad creativa, brindando por la consagración artística, sin caer en la ignominia? Toda aventura literaria supone asumir riesgos, pero ¿incluso el de perder para siempre la confianza de tus amigas? Truman Capote quiso repetir la fórmula que hizo de A sangre fría un éxito indiscutible, pero cuando publicó en la revista Esquire el primer capítulo de su última novela, las circunstancias eran muy distintas y se jugó sus propios afectos.
La biografía de Truman Capote es, quizá, tan vibrante o más que su obra literaria. Con un físico peculiar: bajo de estatura, voz aguda y maneras femeninas, hizo de sí mismo un personaje. El protagonismo en la escena social le resultaba, más que cómodo, inevitable. Nació en Nueva Orleáns (1924) con el nombre de Truman Streckfus Persons (que posteriormente cambiaría a Truman Capote, apellido de su padre adoptivo, Joe García Capote, de origen cubano) y desde niño mostró un talento fuera de lo común. Con sólo 24 años publicó Otras voces, otros ámbitos (1948) y al instante ganó el reconocimiento de la crítica, ese fue el inicio de su ascenso. Más tarde llegarían éxitos como Breakfast at Tiffany’s (1958), pero la portentosa A sangre fría (1965) significó su consagración definitiva, esta obra se convirtió en un clásico inmediato e inauguró lo que él llamó la “novela de no ficción”.
Para Capote siempre fue importante “educar” su memoria, para ello, escuchaba con atención alguna cinta de audio y a continuación la transcribía en su máquina de escribir para luego observar en qué medida había logrado ser fiel al original, siempre exigiéndose llegar a una exactitud lo más próxima posible al cien por ciento. Refiero este dato porque, aunque parezca banal, esta facultad se convirtió en una de las armas más eficaces para Capote, en su obra, claro, pero también en su vida personal, lo veremos más adelante.
La personalidad desinhibida y carismática de TC le permitió colarse en la esfera más alta y exclusiva de la sociedad neoyorquina (una ambición heredada de su madre), en ese contexto conoció a quienes se convirtieron en sus “cisnes”: Babe Paley, Lee Radziwill (hermana de Jackie Kennedy), CZ Guest y Slim Keith, la flor y nata de las mujeres acaudaladas, socialites y jetsetters que marcaban las tendencias en todos los ámbitos: moda, alta costura, destinos turísticos, lugares de residencia, joyería de diseño, restaurantes y vinos suntuosos, etc. Con ellas tuvo acceso a viajes en jets privados, yates, clubes, mansiones y fastuosos banquetes. Que TC hubiera pasado su infancia en Monroeville (una zona rural) no le impidió sentirse completamente a sus anchas en ese mundo de ensueño y opulencia. TC se entregó al disfrute sin reservas, pero también a la minuciosa observación de aquella poderosa élite, tomando notas detalladas en su afilada memoria, que de cuando en cuando vaciaba en sus cuadernos. Su ingenio punzante, su lengua suelta y su pasión por el chismorreo lo volvieron el invitado indispensable en fiestas y salones. La fama y los paparazzi le sentaban de maravilla, se movía con naturalidad entre artistas y millonarios.
Al año siguiente del trancazo internacional que significó A sangre fría, TC organizó su legendario Black and White Ball en el Hotel Plaza de Nueva York, un baile de máscaras en blanco y negro calificado por la prensa como la “fiesta del siglo”, que si bien fue en honor a Katharine Graham (la poderosa periodista cuya familia era dueña de The Washington Post) tuvo como figuras centrales a sus cisnes; reunió a 540 invitados de élite: celebridades, políticos y la más alta sociedad —si no estabas en esa lista no eras nadie—, el mítico evento dio de qué hablar durante muchos meses y su leyenda pervive hasta nuestros días.
Culto, seductor y divertido, Capote supo colocarse en el foco de aquella efervescente vida social, que incluía a personalidades como Frank Sinatra, Mia Farrow, Lauren Bacall, Andy Warhol o los Kennedy. No obstante, el alcohol, la droga, los excesos, los amantes y las estancias intermitentes en rehabilitación comenzaron a pasarle factura y, como consecuencia, escribía cada vez menos.
De entre sus cisnes, vale la pena detenernos un momento en su favorita: Babe Paley, su mejor amiga y confidente por muchos años. Hija de un reconocido neurocirujano que trabajó para las universidades Johns Hopkins, Yale y Harvard, recibió, junto a sus dos hermanas, una esmerada educación. Su madre le enseñó a cultivar la exquisitez y el refinamiento con el fin de casarla con un “buen partido” (traducción: un hombre con fortuna). Siendo muy joven tuvo un fuerte accidente automovilístico que le destrozó el rostro y le hizo perder los dientes. Su padre reunió al mejor grupo de cirujanos y, luego de múltiples operaciones, logró no sólo reconstruir su cara y restituirle la belleza, sino darle una apariencia incluso más angelical. En 1938 se convirtió en editora de moda de la revista Vogue, y dos años después se casó con Stanley Grafton Mortimer Jr, un acaudalado ejecutivo publicitario con quien tuvo dos hijos, Stanley Grafton Mortimer y Amanda Jay Mortimer. Luego de seis años se divorció y a los pocos días se casó con uno de los hombres del momento, William S. Paley, fundador de la Columbia Broadcasting System, la mítica CBS. La elegancia innata de Babe y la influencia de William hicieron de ellos la pareja dorada de Nueva York. El estilo de la socialite la convirtió en la celebridad más glamorosa de las revistas. TC sentía fascinación por ella, decía que “la señora P. tenía un solo defecto: era perfecta. Por lo demás, era perfecta”. Babe también lo adoraba, llegó a confiar tanto en él que le contó sus historias más íntimas, incluidas la soledad, la insatisfacción, la tristeza, el desapego hacia sus hijos y las infidelidades de su marido, sin sospechar que él lo anotaba todo en su memoria con el fin de usarlo algún día como materia prima para su obra literaria.
Después de mucho hablar de su siguiente novela a sus amistades, en 1975 publicó por fin, en la revista Esquire, “La Côte Basque, 1965”, un capítulo de Plegarias atendidas, el roman à clef tan esperado. El escándalo fue un misil que pegó directo en el eje de flotación de la alta sociedad neoyorquina. El escrito estaba en boca de todos, sí, pero por las razones más inesperadas: TC destazó a sus preciosas cisnes en aquellas páginas indiscretas, exponiendo sin recato los secretos más vergonzantes y dibujándolas como mujeres traidoras, frívolas y crueles. Las socialites pasaron del pasmo a la indignación y finalmente al repudio.
De Paley, su cisne predilecto, contó aquella terrible historia de la infidelidad de su marido con Happy Rockefeller, esposa del entonces gobernador de Nueva York: mientras Babe estaba de viaje, William Paley tuvo relaciones sexuales con su amante (una de muchas) en el lecho matrimonial, con la mala suerte de que ella estaba reglando y dejó las sábanas manchadas de sangre, William Paley se pasó el resto de la noche tratando de lavarlas, pero Babe llegó antes y descubrió la bochornosa escena. Si bien TC había cambiado los nombres de los protagonistas, las identidades reales eran obvias.
Las cisnes, desde luego, enfurecieron al leer el Esquire de esa mañana. TC pasó de artista transgresor y disruptivo a paria social ese mismo día. Las cisnes lo defenestraron y no volvieron a permitirle la entrada a aquel mundo de lujo y glamur, o como dirían en mi barrio, me lo funaron al pobre. Al poco tiempo, Babe Paley fue diagnosticada con cáncer de pulmón y por más que TC insistió en hablar con ella, no lo logró. Tras la muerte de Babe, el escritor terminó por naufragar en el alcoholismo ya sin resistencias.
TC concibió Plegarias atendidas como la coronación de su leyenda, pero sólo consiguió sepultar su carrera y hundir su vida personal. TC murió en 1984, a los 59 años. Los ecos de aquel escándalo resuenan hasta nuestros días: un escritor que sedujo a la élite para luego traicionarla. Lo paradójico es que al final de cuentas inmortalizó a sus cisnes sin proponérselo (porque no se lo propuso, ¿o sí?).
En mi opinión, TC tensó demasiado la cuerda de la “novela de no ficción”, quiso repetir la fórmula que hizo de A sangre fría un éxito indiscutible, pero las circunstancias eran muy distintas, los hechos, los lugares y las personas de Plegarias atendidas no eran una nota periodística sensacionalista, sino que constituían su propio mundo y, por lo tanto, estaban en juego los afectos, la confianza, la amistad y la lealtad, por ejemplo. TC nunca aceptó su error, al menos en público, siempre se defendió alegando que sólo estaba haciendo literatura. Para colmo de males, cuando una lee “La Côte Basque, 1965” se queda con la sensación de que en realidad lo trascendente del capítulo no es su valor literario sino el escándalo monumental que provocó. En fin, juzguen ustedes, queridas lectoras, queridos lectores.
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Nota: Las imágenes de este texto son fotogramas de la serie Rivalidad: Capote contra Los Cisnes, de Ryan Murphy, 2024; tomados de YouTube.
Narradora y traductora, CLAUDIA SÁNCHEZ ROD ha publicado Ratones knockout, La marta negra, Me dejaste puro animal inexistente y antologías de poesía y cuento; ha obtenido el Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano y el Premio Iberoamericano de Cuento Ventosa-Arrufat / Fundación Elena Poniatowska Amor. Colaboró en la revista argentina Lamás Médula, el Periódico de Poesía de la UNAM y otras publicaciones en España y EU. Coedita la revista Biblioteca de México: De Ciudadela a Vasconcelos.