Patadas
Cuento
LA FUNA LITERARIA
Por Nicolás Ferraro   |    Marzo de 2026
Va a patear, linda.
Estoy cansada de escuchar eso.
Siempre te cantan esa. Vaya donde vaya me la dicen. Te avisan, pero nunca es la justa. La posta la vas a descubrir cuando lo sientas. Te lo voy avisando para cuando te pase a vos también.
No es la única mentira que te zarpan. Ni bien empieza a patear, te dicen que si es varón, va a ser futbolista, y si es nena, bailarina.
Verso.
Ni ahí. Esta que tengo adentro me quiere lastimar por lo que quise hacerle.
Que se aguante. No es lo primero que me meten de prepo.
Va a patear, te dicen.
Y esta se lo tomaba en serio, cada vez más fuerte a medida que le crecían los piecitos. No había ninguna canción de cuna, ningún noni noni que la calmara.
Patea y patea. Mucho más cuando reconoce la baranda de adónde entramos.
La casa siempre había sido chica, y así y todo nunca había llegado a escaparme. La mesa siempre me cortaba el paso en la cocina. La había querido gambetear varias veces, y por más buena cintura que tuve nunca pude zafar. Terminaba con la cara contra la madera de la mesa. Las migas de pan me pinchaban y el tufo a mugre y vino pegoteado me asfixiaba. Eso te lo podés imaginar y también sacar de encima fácil. Una ducha y a otra cosa. Pero el otro asco no lo podés borrar; eso no se va ni con perfume ni con agua.
Sentís que el asco es todo. Que el asco sos vos.
Va a ser una princesa, me había dicho la tordo con una sonrisa. Yo la única princesa que podía bancarme en mi vida era la que tenía en mi remera preferida: She-ra. Mi vieja me la había regalado antes de tomarse el palo. No la culpo. Me ganó de mano. Aunque podría haberme llevado con ella. No sé. Ser madre es difícil.
Yo quería ser como She-ra. Ella se la bancaba. Ella sí tenía el poder. Yo no.
—Esa putita rubia —decía él y le echaba la culpa a la remera. Siempre me hacía ponérmela antes de correrme la bombacha que él mismo me había comprado, porque el rojo te hace más linda, y mandármela a contrapelo.
Vos no tenés la culpa, le decía a She-ra, y me limpiaba los mocos y las lágrimas ahí, en todo ese pelo rubio, que se lo teñía de verde. Mientras él me zarandeaba con la jeta estampada contra la mesa, cerraba las manos en cruz sobre la figura de ella. Era lo más parecido a un abrazo que había en casa. Era lo único que podía hacer mientras él hacía lo suyo, y la puerta quedaba ahí, cerquita, y tan, tan lejos.
—¿A dónde vas a irte, beba? ¿A dónde te van a querer como acá?
El recuerdo la vuelve loca y patea. Cómo patea.
La casa siempre había sido chica. Y ahora, con siete meses de panza, mucho más.
La baranda es la misma. Siento un tirón, parece que ella se estruja como si ovillara el cordón umbilical. ¿Estará poniéndoselo en el cuello?, me pregunto. Me llevo la mano al bombo. A vos no te puede tocar, le digo.
Tengo que ponerme en puntitas de pie para poder pasar la panza por arriba de la mesa y gambetear las sillas. Mitad bailarina, mitad futbolista, pienso y me río.
No alcanzo a rodear la mesa cuando escucho la cadena del baño. Transpiro, tiemblo. La boca se me seca. La respiración se me corta. Los dos corazones retumban, ella se mueve por mí, las pataditas son rápidas, como si quisiera girar, darle la espalda o andá a saber qué carajo quiere hacer.
Lo único que sé es que patea.
Él sale subiéndose los pantalones hasta que me ve y deja de hacerlo. La latita de Coca que tiene se le cae y se vuelca en el piso.
—Volviste, beba. Te extrañaba —se ríe. El hijo de puta se ríe—. Yo pensé que mi nena ya no me quería más.
La panza lo distrae. Escucho cómo se rasca la barba de varios días.
—Y viniste con sorpresa linda. Un huevito Kinder.
Saca cuentas con los dedos. Usa las dos manos. La coincidencia lo sorprende, asiente y me dedica un guiño. Se mira el jean, lo que crece y con la cabeza gacha vuelve a hablar.
—Mejor los dejó ahí, así ganamos tiempo.
Sigo dura. Ella no. Ella patea. Ella desespera. No tanto como yo. Nos separa la mesa, pero sé bien que eso no es ningún obstáculo para él.
Vuelve a mirarme la panza. Después, los ojos. Se muerde los labios, se acomoda el bulto. La sonrisa se agranda. No es lo único. La pija parada le hace carpa en el bóxer celeste. Yo me hago un poco de pis. Baja por la pierna, me pega el jean. Espero que no se note. Siempre me hacía pis encima del miedo, pero él pensaba que yo me mojaba.
—Esa remerita te queda linda igual, pero ¿qué pasó con la que me gusta?
Qué pasó pregunta el hijo de puta, como si hiciera alguna diferencia aparte. Pasó que no me entra, y no porque haya pegado el estirón que todavía estoy esperando. Me desbordé para los costados. Ya no me entra la ropa, el armario, la casa. No sé ya cómo iba a ser mi cuerpo. Cómo podría haber sido.
Se agacha y agarra la latita de Coca antes de darle un fondo blanco. La hace un bollo y la tira en el tacho del baño. Se vuelve a relamer mientras se seca con el dorso de la mano. El bóxer celeste se vuelve azul en la punta de la carpa. Está listo.
Patea. Y va a patear.
Me llevo la zurda a la panza.
Tranquila.
Yo también estoy lista.
—Vení, linda, no te vayas. Lo que sí, hoy capaz que es mejor que vayamos por atrás. Me da cosa por el bebé. Vos me entendés, ¿no?
Da el primer paso. Se hace una sombra cuando apaga la luz del baño.
Antes hubiera llorado y me hubiera rendido, hubiera apoyado yo misma la cabeza en la mesa, en las migas, en el tinto volcado tatuado en la madera. Eso era lo único que podía hacer. Si me resistía lo calentaba más y era para peor.
Da otro paso. Tres metros. El azul se agranda en el bóxer. No deja de mirarme el bombo. Abre y cierra las manos. Sí. Antes hubiera llorado, me hubiera entregado, cerrado los ojos, mientras el resto se abría a la fuerza.
Pero eso hubiera sido antes.
Va a patear.
Todos me avisaron. El Rolo también me avisó cuando me lo puso en la mano, pesado y frío.
Cuidate que va a patear, linda.
—She-ra no era ninguna putita —digo con los dientes apretados y la boca temblando. Abre los ojos. La panza fue mi coartada. Solo tuvo ojos para eso. Nunca para mi mano derecha.
Y patea.
Como la reputa madre patea.
Seis veces patea.
El celeste y el azul se borran con el rojo. Se da contra el piso y retumba. La luz del pasillo le cae en la jeta. La sombra desaparece y deja solo a un hijo de puta. El clic clic es lo último que escucha. Lo único —y último— que se le sube son las pupilas que desaparecen y dejan dos puntos blancos.
La bebé está quieta. No se mueve. No patea.
Ahora él y yo estamos iguales.
Ahora los dos tenemos algo en la panza, algo que nos metió el otro.
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Nota: las imágenes son de She-Ra y las princesas del poder, serie animada de Netflix, 2018-2020.
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Narrador y diseñador, NICOLÁS FERRARO (Buenos Aires, 1986) coordina el Centro de Narrativa Policial de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, en Argentina. Es autor de El cielo que nos queda, Dogo —finalista del concurso Extremo Negro 2016—; Cruz —finalista del Premio Dashiell Hammet 2017— y Ámbar —ganadora del Premio Dashiell Hammett de la Semana Negra de Gijón en 2022 y finalista en 2025 de los premios Edgar, como primera novela escrita en español que ha competido en su idioma original por el galardón más prestigioso de novela negra. Su obra ha sido publicada en Estados Unidos, México, Francia, Italia, Brasil y España.