Ted Hughes: la funa doble
y los versos escondidos de Sylvia Plath
LA FUNA LITERARIA
Por Anik Nagel   |    Marzo de 2026
La funa es la respuesta visceral a un silencio sistémico; una forma desesperada de recalibrar una balanza rota.
Pocas figuras literarias han sido protegidas con tanta ferocidad por las instituciones patriarcales como Ted Hughes, y pocas escritoras han sido tan martirizadas como Sylvia Plath. De adolescentes se nos enseñó a leer su historia como un dark romance, una “tragedia romántica”, un amor cataclísmico como el de Catherine y Heathcliff.
Pero esos eufemismos estériles ocultan algo esencial: Plath vivió, escribió y murió dentro de un sistema que normalizaba la subordinación femenina y hacía del manicomio un destino no poco habitual para las mujeres; y Hughes fue —por amor, por ignorancia o por haber nacido varón— una de las figuras engranaje más visibles de ese sistema.
Pero, a ver: contexto. Ted Hughes (1930-1998) es recordado como uno de los grandes poetas británicos del siglo XX, dueño de una voz profunda y estruendosa, casi salvaje, que hizo de la naturaleza y la fuerza instintiva del ser humano el leitmotiv de su obra. Nació en Yorkshire y estudió en Cambridge, donde (des)afortunadamente conoció a la joven poeta Sylvia Plath. Se casaron en 1956 y desde entonces sus nombres quedaron unidos para siempre, tanto para bien como para mal. Mientras la carrera de Hughes despegaba —su primer libro fue un éxito y años después llegaría a ser Poeta Laureado del Reino Unido—, la vida privada de la pareja fue enturbiándose cada vez más: infidelidades, enfermedad mental, rivalidades y tensiones creativas, una que otra agresión física…, un coctel que, junto con otros motivos, terminó llevando a Plath al suicidio. Tras la muerte de la poeta, Hughes se apropió de su obra: editó Ariel, administró sus derechos y decidió qué textos inéditos verían la luz (ocultando los pasajes que hablaban de la violencia que infligió a su esposa). Estas intervenciones, en especial los cambios en Ariel y la publicación parcial de los diarios, despertaron al monstruo de la justicia.
Con el tiempo, y sobre todo con el auge de las redes sociales, Hughes se transformó en un blanco de “funa retrospectiva”: lecturas que lo responsabilizan del sufrimiento de Plath y lo presentan como una figura manipuladora, incluso violenta, dentro del matrimonio. Hoy, Hughes ocupa un lugar liminal: es, a la vez, un poeta fundamental y una figura controversial, cuya vida se ha convertido en un ejemplo de cómo el juicio público y las sensibilidades contemporáneas pueden reescribir el legado del artista. Entender su historia —y la de Plath— es clave para interpretar el culto a la personalidad, la política en el amor y con ello la funa, no en un tendedero ni en Twitter, sino en terrenos más complejos.
La primera funa, y quizá la más dolorosa, vino de su círculo social, él y Assia Wevill —la mujer por quien dejó a Plath— sufrieron el rechazo de amigos y conocidos que veían en Hughes al culpable de la tragedia. La segunda vino de un acto de lectura crítica realizado por estudiosas que se percataron de que la academia había tomado partido por él desde el primer día. Durante años, la obra de Plath fue editada, ordenada y publicada bajo los estándares del poeta laureado, un hombre atravesado por su propio ego, muy a lo Diego Rivera. Hughes quemó diarios, retuvo manuscritos, reorganizó poemas y decidió qué versión de Plath sería la que todo el mundo —incluidas las adolescentes depresivas que navegaban por Tumblr en pleno 2010— conocería.
Cuando Plath decidió rendirse, a sus 30 años, la crítica la trató como a una niña histérica, una esposa frágil que no fue capaz de hacer frente a los sacrificios que implica el matrimonio. Hughes, en cambio, fue defendido como el genio que era, el hombre torturado por el temperamento de su mujer. Esa esposa inestable, emocional, esquizoide, menstrual, de la cual uno se queja con sus colegas de trabajo a la hora del almuerzo: “Otra vez mi mujer me hizo un drama”. Pero ¡oh!, ¿qué hay aquí? Resulta que Plath no fue la única mujer alrededor de Hughes que terminó suicidándose. Qué raro.
La funa contra Hughes —ese rencor prolongado, incómodo y visceral, que se cocinó a fuego lento y se manifestó con la raspadura de su apellido en la lápida de Plath— tiene un sentido profundo: el suicidio de ella fue complejo, multifactorial, oscuro… Pero no puede negarse que las dinámicas de poder, las condiciones materiales, la negligencia emocional y la minimización del cuerpo femenino en la medicina occidental contribuyeron a su autodestrucción. Y es que una mujer con las características de Plath no surge en el vacío. Ella semiexistía dentro de un matrimonio donde el ego mató a la complicidad; y si bien Hughes no ha sido el primero ni el último, encarnó y se benefició del patriarcado sin cuestionarlo. Pecó de ignorante, ¿o es que sí estaba consciente de su domino sobre ella? Hay interrogantes que por desgracia nunca podremos despejar, las muertas no hablan, ¿o sí?
Si Hughes fue o no un chivo expiatorio, me atrevo a decir que le estamos ladrando al árbol equivocado. El poeta y el suicidio de su “Catherine” no son el problema, son un síntoma. El síntoma de un sistema tan retorcido como para provocar un Armagedón de acusaciones, juicios, información incierta… Nos estamos ahogando en las tantas voces silenciadas, en las palabras carentes de significado, hemos perdido la brújula en este mar de asfixia. Los engranes del patriarcado —y por lo tanto del capitalismo— nos han orillado a funarlos, a funarnos. La funa es la respuesta visceral a un silencio sistémico; una forma desesperada de recalibrar una balanza rota.
En el caso de Plath, sus lectoras (de todas las edades y contextos sociales, que se identificaron con la mujer diferente y alienada) vieron en el grito a los cuatro vientos la única herramienta posible para señalar que nuestra protagonista no murió “por hipersensible”, sino porque vivió en un ecosistema que la encerró, junto a muchas otras mujeres, en una cubeta, igual que se encierra a los cangrejos: puedes ver de cerca la libertad, pero no puedes llegar a ella.
Cuando un hombre controla el legado de una escritora, cuando reescribe la narrativa, cuando se apropia de la voz de una muerta —guiño guiño, Octavio Paz—, entonces la sospecha feminista no sólo es legítima: es necesaria. Sin embargo, la idea no es satanizar a Hughes como individuo, sino señalar una grieta en la realidad que muchas, por desesperación, podemos no ver. Mi intención es poner el dedo en la llaga del daño estructural, del ventrílocuo detrás de los varones del estrellato que introduce la mano en sus vísceras y los hace hablar. La entidad de fondo: el patriarcado capitalista es el verdadero centro del problema.
Cerraré con un punto de gran relevancia, que tiro por viaje desata la guerra en redes sociales: ¿se puede separar el arte del artista? Yo, la verdad, todavía sigo en proceso de encontrar una respuesta.
Por lo pronto, quizás valga la pena buscar a quien haya aventado la primera piedra. Puede que las muertas tengan más qué decirnos.
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La narradora ANIK NAGEL (Ciudad de México, 2001) estudió la carrera de Letras Modernas Inglesas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, y se especializó en literatura gótica y de terror. Se desempeña como traductora del inglés y el italiano. Tradujo la obra cuentística de Jamaica Kincaid, escritora originaria de Antigua y Barbuda. Actualmente se encuentra trabajando en su proyecto “Claustro-feminidad: la narrativización del espacio como preludio de la represión femenina en Rosemary’s Baby”, donde explora la experiencia femenina pesadillesca en la obra de Ira Levin. Su carta “Una hoguera poderosa y clara” fue incluida en la publicación de la UNAM Cartas a Rosario (2025) como parte de la celebración del centenario del nacimiento de Rosario Castellanos.