Leer bajo la superficie
LA FUNA LITERARIA
Por Vicente Alfonso   |    Marzo de 2026
Aunque sobre Mark Twain pese la reputación de racista, se le adjudiquen las etiquetas de “autor juvenil”, “autor para niños”, y se le haya calificado de obsoleto y hasta descerebrado, sus novelas confrontan a los lectores con profundos dilemas éticos. El acercamiento crítico de Toni Morrison, José Revueltas, Kenzaburō Oē, Borges o Hemingway a sus libros dista mucho del juicio a bote pronto.
En La vida en el Misisipi, apasionante libro que combina memorias con crónicas de viaje, Mark Twain relata cómo en su juventud se capacitó durante más de dos años para desempeñarse en el que consideraba su oficio ideal: piloto de barco en el Misisipi. No fue un entrenamiento fácil, pues además de memorizar el curso del río, tuvo que aprender a observar. Como ejemplo describe un escenario de tarde a bordo de un barco:
Una amplia extensión del río se había teñido en sangre; a mitad de la distancia, el tono rojo cambiaba a oro brillante, sobre el cual iba flotando un leño solitario, negro y destacado; en cierto lugar, una señal inclinada yacía haciendo brillantes guiños en el agua; en otro, la superficie estaba quebrada por anillos que hervían y giraban, coloreados tan profusamente como un ópalo
La descripción tiene una innegable carga poética, sí, pero el mismo Twain nos dice que es inútil para dirigir un barco, pues se apega a la visión de un turista. El ojo experto de un piloto no tiene tiempo para adjetivos ni florituras, pues debe estar atento a descifrar mensajes ocultos. Fue un viejo piloto, Horace Bixby, quien le enseñó a Twain cómo interpretar el río. Para un piloto, la lectura del mismo escenario sería más o menos así:
Este sol significa que mañana vamos a tener viento. Ese tronco flotante indica la crecida del río, lo que no agradecemos mucho; aquella rizadura oblicua en el agua marca la existencia de un arrecife escarpado, que una de estas noches va a destruir algún navío si continúa alargándose así; las “arandelas” de ese vórtice advierten de un banco de arena que se está disolviendo y que el lecho del río es cambiante en ese punto.
El pasaje —escrito en 1882— no es menor, pues contiene valiosas pistas acerca de cómo el célebre autor norteamericano deseaba ser leído. Con la anécdota del río, nos advierte de que en cada situación siempre hay dos o más versiones que dependen del ojo de quien la lea. No está de más recordar que para 1882, el novelista de Misuri era ya una leyenda. No obstante, sufría bloqueo creativo, razón por la que decidió embarcarse en un buque de vapor y recorrer el río de sus nostalgias. Al tiempo que registraba sus peripecias de navegación, escribía una novela: Las aventuras de Huckleberry Finn.
Desde 1885, año de su publicación en los Estados Unidos, Huckleberry Finn ha generado polémica y encarnizados debates. Por entonces, su autor ya era calificado por algunos como “racista, grosero, ramplón, poco elegante, irreligioso, obsoleto, inexacto y descerebrado”. Dos décadas después, el libro fue prohibido por la Biblioteca Pública de Nueva York, al igual que por muchas otras instituciones, incluso en Inglaterra. En los años cincuenta del siglo pasado, la Asociación Nacional para el Desarrollo de las Personas de Color presentó la primera queja en Estados Unidos por el uso de una palabra que se considera un insulto racial (actualmente conocida como la n-word, un eufemismo de nigger). En Huckleberry Finn, el término nigger aparece más de doscientas veces. A la fecha, hay muchas voces que se oponen a que el libro forme parte de los planes de estudio. Por otro lado, ha merecido elogios de una multitud de personalidades, entre ellas Helen Keller, T. S. Eliot, Jorge Luis Borges, Roberto Bolaño, Marina Tsvietáieva, José Revueltas y Kenzaburō Oē. Fue Ernest Hemingway quien dijo: “Toda la literatura estadounidense moderna proviene de un libro de Mark Twain llamado Huckleberry Finn. No había nada antes. No ha habido nada tan bueno desde entonces”.
¿Cuál es la razón de estas reacciones tan distintas? Antes de aventurar una respuesta, quisiera evocar otro pasaje. Vamos al capítulo XIV de la novela: Jim y Huck debaten respecto a la célebre anécdota en la que el rey Salomón actúa como mediador entre dos mujeres: cada una asegura ser la madre legítima del mismo niño. Hábilmente, el monarca ordena a sus soldados que partan por la mitad al bebé con la espada. De inmediato, una de las mujeres exclama: “¡No! Dénselo completo a la otra”. Es así como Salomón descubre que ella es la verdadera madre, pues prefiere que su hijo viva aunque sea lejos de ella.
En este pasaje no hay explicaciones: la tarea del lector es seguir el curso de los razonamientos. Pero en la novela de Twain, Jim asume los hechos en forma literal: sostiene que al rey Salomón no le importaban los niños, que tal vez había tantos en su reino que uno menos no representaba una diferencia. Cuando Huck intenta hacerle ver el auténtico significado de la anécdota, Jim se cierra y dice: “¡Al diablo con el significado!”. Esta dificultad de interpretar un texto en el que el sentido no está expresado, sino que debe ser completado por los lectores, es una de las características centrales en las novelas, los cuentos y las crónicas de Twain. A mí me parece que, entre sus lectores, abundan los que dicen: “¡Al diablo con el significado!”.
En no pocos casos, leer a Twain de manera literal equivale a tener la mirada del turista, pues el autor confía en que al momento de la lectura habrá una operación de parte de los lectores para completar el sentido. Tal como el río contiene mensajes ocultos que requieren un entrenamiento para ser descifrados, los libros pueden decir mucho más de lo que está escrito en sus páginas. Encontrar e interpretar esos mensajes corresponde a los lectores.
En un brillante ensayo publicado en 1996 acerca de Huckleberry Finn, Toni Morrison aporta mucho a la discusión al decir que no se trata de prohibir ni de censurar, pero tampoco de dejar a los lectores al garete, sobre todo cuando son jóvenes. Aunque pesan sobre Twain las etiquetas de “autor juvenil” y “autor para niños”, sus novelas confrontan a los lectores con profundos dilemas éticos. Por lo tanto, es necesario un acercamiento crítico. Lo más aconsejable, nos dice Morrison, es aproximarse a Twain en compañía: leer en grupo y debatir al respecto. No es extraño descubrir que, en muchos casos, el autor de El Bobo Wilson quiere expresar lo contrario de lo que dicen sus palabras. Como lectores, el novelista nos exige lo que su viejo maestro, Horace Bixby, le pedía al navegar el Misisipi: leer bajo la superficie.
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El narrador y periodista VICENTE ALFONSO (Torreón, 1977) es autor de las novelas La noche de las reinas, Huesos de San Lorenzo, Partitura para mujer muerta y La sangre desconocida, así como del libro de crónicas A la orilla de la carretera. Sus novelas han sido traducidas al alemán, italiano, griego y turco. Ha recibido, entre otros, el Premio Iberoamericano de Periodismo Ciudades de Paz (auspiciado por la UNESCO, la UCCI y el Ayuntamiento de Madrid), el Premio Internacional de Novela Sor Juana Inés de la Cruz, el Premio Bellas Artes de Crónica Literaria Carlos Montemayor, el Premio Nacional de Cuento María Luisa Puga, el Premio Nacional de Novela Negra Una Vuelta de Tuerca y el Premio Nacional de Novela Élmer Mendoza. Becario de la Fundación para las Letras Mexicanas, el Sistema Nacional de Creadores de Arte de México y la Casa-Estudio Cien Años de Soledad.