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Huevos rotos, Jean-Baptiste Greuze, 1756, óleo sobre lienzo; Bequest of William K. Vanderbilt, 1920, Museo Metropolitano de Arte.
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LA FUNA LITERARIA

Por Dania M. Vándalos   |    Marzo de 2026


“Indecencia grave” en la vida personal —es decir, el ejercicio de su homosexualidad— es el cargo que en su tiempo llevó a la cárcel al maravilloso Oscar Wilde. Creaciones de carácter erótico, de contenido sexual explícito o lenguaje vulgar —como Aura, Cien años de soledad y Cometierra— actualmente provocan ámpula en sectores conservadores, incluso se les retira de bibliotecas escolares. La representación del deseo ilícito en ciertas obras ha suscitado quejas y exigencias masivas contra su difusión, baste mencionar nombres como Lolita, Balthus, Egon Schiele. Los museos han invitado a la reflexión informada y al debate sobre el arte en relación con los continuos cambios de la cultura; también han cedido a la presión pública, pero añadiendo toques de ironía para contradenunciar la censura y la mojigatería, por ejemplo tapando los genitales de pinturas emblemáticas con la leyenda “Lo siento, tiene 100 años pero es demasiado atrevido para hoy” y el hashtag #ToArtItsFreedom, que refiere un lema de pintores vanguardistas en el art nouveau: “A cada tiempo su arte, y a cada arte su libertad”.

Por otro lado, sobre algunos gigantes de la expresión artística pesan imputaciones de agresión sexual, maltrato físico, psicológico o trato misógino, como Neil Gaiman, Amos Oz y Pablo Picasso. O, habiendo convertido la gastronomía en un arte escénico desde el punto de vista de sus aprendices, el chef René Redzepi tuvo que dimitir recientemente de su propia creación: el mejor restaurante del mundo durante varios años, y así, ¿su legado pierde credibilidad por culpa de sus prácticas abusivas tras la puerta de la cocina?, ¿o acaso por dedicarse a satisfacer a gente rica gracias a la explotación de jóvenes chefs, que aprecian su enorme crecimiento profesional por trabajar junto a Redzepi, con todo y las vejaciones padecidas?

La separación entre obra y persona creadora involucra debates teóricos y tomas de postura. De pronto te topas con descubrimientos controversiales que desacreditan tardíamente a escritores entrañables, como los comentarios antisemitas de Roald Dahl, y sin embargo no impiden que sus historias sigan divirtiendo a infinidad de lectoras en todo el mundo. A veces, los decires de autoras encumbradas desentonan con la cultura generacional de sus lectores, tal es el caso de J. K. Rowling, funada por sus opiniones sobre la diversidad de género.

ENA:
Está intenso, no?
Y complejo
Pq amo Harry Potter y wao el fenómeno que es
Pero también Rowling se pasa con sus declaraciones, muchas están súuuper de más jajajaja

DANIA:
Pf, sí, de locos, la verdad, puro extrapolarse de a gratis, jejeje

ENA:
Síii, exactooo, porque además siento que el problema ha sido darle demasiado foco a Rowling. Me parece una gran cuña, o sea, en cuanto a que Rowling puede opinar lo que quiera opinar, pero Harry Potter no deja de ser Harry Potter, en tanto que ya ni siquiera es de Rowling, o sea ya trascendió eso, el Harry Potter por sí mismo genera… representa un fenómeno muy aparte de Rowling, y siento que la ilusión de que no se puede separar al autor de su obra se la cree la misma Rowling, parándose en su fama de autora de Harry Potter para dar un montón de opiniones súper funables.

DANIA:
La misma Rowling se la cree, jajaja
Demasiado foco, los medios. Será la búsqueda de raiting acaso…
Y ahí está la autonomía de Potter

ENA:
Es que Potter es más famoso que Rowling

DANIA:
Podría ser algo como los Simpson, no sé, por ahí.

ENA:
Síii, justoo
O incluso como marca
Coca-Cola por ejemplo
Nadie piensa en una persona detrás de eso jaja

El arte por sí mismo implica cuestionar y profundizar, huye de la docilidad y la condescendencia. Hay nombres que llegan a representar la resistencia porque desafían abiertamente el sistema: Banksy, Gioconda Belli, Ai Weiwei, y su padre, Ai Qing, gran poeta chino que a pesar de haber escrito poemas de corte social y humanista, y ser partidario comunista, fue tachado de derechismo y exiliado a trabajos forzados por defender la independencia creadora.

A todo esto, una brecha de trascendencia social se extiende entre la acción colectiva en pos de justicia y la violencia simbólica de una multitud volcada a la funa por impulso. Lo primero encuentra respaldo en la organización de las ideas, en los actos planificados; lo segundo borbotea con la exacerbación de las pasiones instigadas por la digitalidad, que nos cobija con el anonimato.

Sentirse escuchado es un anhelo viejo. El espacio digital lo ha permitido, bien que mal: tiene amplio margen para la denuncia en toda regla, pero también da cabida al desfogue de nuestras frustraciones, que a veces se convierten en bajezas, y cuando se trata de descalificar a otra persona, el sustento básico es una fe descolocada: puesta en el juicio propio, en la opinión, en el falso ídolo de la libertad de expresión sin hondura de raciocinio, una fe en la pedacería informativa que nos ahoga.

La superioridad moral viene por añadidura. Juzgar al otro garantiza que nos sintamos superiores, pero esa sensación no rebasa la medida de la frivolidad con que dictamos sentencia. En reuniones físicas y virtuales es común verbalizar los yerros de los demás, sobre todo si se trata de faltas éticas atribuidas a alguien afamado, aunque sean sólo indicios o apenas acusaciones, y aun cuando se trate de personas que respetamos. Nos viene bien lo que sea que nos retribuya algo de su autoridad en cualquier materia. Somos adictos a la fantasía de superioridad propia, pero en proporción a los sobreesfuerzos por socializar que hacemos para ser aceptados. Tanto el tímido que casi no habla como el alma de la fiesta acaban agotados, porque están inmersos en una búsqueda de aceptación social. El peso de la opinión pública siempre gana en la balanza.

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Al centro de la imagen puedes poner tu foto o tu nombre. Página de The Caricature Magazine, o Mirror of Mirth, espejo burlesco, Thomas Rowlandson, editor Thomas Tegg, 1808, aguafuerte; The Elisha Whittelsey Collection, The Elisha Whittelsey Fund, 1959, Museo Metropolitano de Arte.

Sin embargo, la cosa cambia cuando se atraviesan los apegos literarios en la vía del escrutinio a una autora que se equivoca, cuando se cruza por delante la memoria de esa experiencia extática que tuvimos al contemplar una escultura, al oír una pieza estupenda, mientras nos embelesaba una película o nos cimbraba un poema. Se tambalean nuestros modelos de referencia, incluso somos capaces de moderarnos antes que lanzarnos de boca. El peso de las convenciones sociales adquiere entonces otra dimensión.

Ante el riesgo de blanquear a los artistas por el mero hecho de serlo, destaca la necesidad de hacer revisiones críticas, de visibilizar la cultura del abuso y, asimismo, respetar la expresión creativa. En este número revisamos algunos casos de funa, censura y cancelación a personajes públicos de la cultura, y exploramos el dilema ético que supone tomar partido ante acusaciones de racismo, agresión sexual a menores, encubrimiento, disidencia ideológica, instigación política, homosexualidad, violencia doméstica, apropiación de obra, abuso de confianza o irse por la libre en identidad creativa. Artistas cuya obra es fascinante —léase Abigael Bohórquez, Sergio Ramírez, Ted Hughes, Severo Sarduy, Reinaldo Arenas, Mark Twain, Roman Polanski, Woody Allen, Alice Munro, el editor Arnaldo Orfila, Oscar Lewis, Truman Capote, Elena Garro— han conocido el rigor social, de grupos de poder o la mano dura del Estado, algunos injustamente, uno que otro ha sido reivindicado, por suerte y conciencia, y otros seguirán cargando con un estigma ganado a pulso.

Pero, ¿cómo decidir acuerdos? ¿Por rebelión poética? Entretanto, Nico Ferraro, laureado autor de narrativa noir, cuenta en “Patadas” un momento límite de la vulneración.