Alas de zanate
CUENTOS INESPERADOS PARA RECIBIR EL INVIERNO
Por Claudia Sánchez Rod   |    Diciembre de 2025
Guillermo sale de casa una mañana y no vuelve más, su novia descubre luego de mucho buscarlo que se ha ido de viaje a Centroamérica con una amiga. Nublada por el despecho, lleva su afán de venganza más allá de los límites de la razón.
Otra vez había plumas negras entre las páginas del libro que dejé en la mesita de noche. De inmediato sentí que me regresó la náusea. Salí de la cama a buscar un vaso de agua. La luz de la farola que se colaba por la ventana llenó el pasillo de sombras. Entré a la cocina y abrí el grifo. El sonido del agua me tranquilizó. Metí los dedos bajo el chorro y así me quedé unos minutos. Luego me mojé los labios, pero entonces la náusea me pegó más fuerte. Abrí el refrigerador, saqué un cubo de hielo, me lo metí a la boca y lo mastiqué como si fuera un caramelo. Me senté en el piso, el frío de los azulejos me erizó la piel. Escuché la sirena de una ambulancia a lo lejos y me toqué el botón de la piyama, eso lo aprendí de mi abuela, ella decía que así se ahuyentaban las desgracias. Un dolor penetrante relampagueó en mis dientes, no me importó porque la náusea ya se estaba apagando. Regresé a mi cuarto sin encender la luz, tenía miedo de volver a ver otra pluma tirada por ahí. Sé que siempre te estoy contando lo de las malditas plumas, qué quieres que haga si no han dejado de aparecer por toda la casa, yo creo que se cuelan por la celosía. Me metí bajo las cobijas y recé hasta que me ganó el sueño.
A las seis en punto sonó el despertador. Abrí los ojos en automático y escuché que llovía. Antes me gustaban las mañanas lluviosas pero, desde que Guillermo se fue, les agarré tirria, me ponen de mal humor y al mismo tiempo me dan ganas de llorar. Todavía estaba oscuro, los primeros cláxones de los automóviles empezaban a escucharse desde la avenida. Fui a la cocina a poner café y, a medio pasillo, me acordé del libro y me paré en seco. Descubrí entonces una mancha que se estaba formando sobre la alfombra a causa de una gotera. Me troné los dedos. Di media vuelta y caminé hacia el buró, tomé el libro, abrí la ventana y sacudí las páginas. Las plumas negras comenzaron a flotar entre la llovizna y se perdieron en la luz grisácea de la mañana.
Me tomé el café en la taza de Guillermo, hasta tiene su nombre. Ya debería tirarla. La otra vez puse todas sus cosas en bolsas de basura y las saqué a la calle, a media noche me arrepentí y volví por ellas. Las acomodé de nuevo justo donde estaban. Igual no te preocupes, cuando menos lo esperes ya las habré tirado, ahora sí en serio.
El trolebús se retrasó veinte minutos, culpa de la lluvia, un coche pasó a velocidad alta y nos salpicó el agua de los charcos, a mí y a una muchacha con uniforme de secundaria que también esperaba. Me quedé bajo el techo de la parada temblando como un pollo mojado.
Creí que llegaría tarde a la biblioteca, pero no fue así, incluso pude fumarme un cigarro bajo el sauce de la esquina. Ya no llovía. El señor de los periódicos estaba terminando de acomodar su puesto. Nunca me había caído bien, creo que por ese algo siniestro en su manera de mirar. A veces creo que sabe lo que hicimos el doctor Etxeberri y yo. Volteó a verme como si fumar fuera un pecado infame. Le di una calada onda a mi cigarro y lo apagué contra la suela de mi zapato. Cuando pasé al lado del puesto escupí sobre la banqueta. El pavimento seguía mojado y los edificios se veían deslucidos.
Antes, una de mis funciones en la biblioteca era atender al público; sin embargo, desde que sucedió lo del doctor Etxeberri me trasladaron al programa de alfabetización para adultos, ahí enseño a leer a gente ya mayor y, aunque no me disgusta, extraño mis libros. Hace dos meses me habían regresado a mi puesto, pero una tarde creí ver al doctor Etxeberri sentado en la última mesa del segundo piso y tuve una crisis nerviosa. No era él, lo supe después, fue sólo mi imaginación. En realidad todo es culpa de Guillermo, si no hubiera desaparecido, mi vida no se habría convertido en esta carretera hacia ninguna parte.
Colgué mi impermeable en el perchero y vi que una plumita negra cayó al suelo. De camino al salón de clases noté que, a pesar del frío, una gota de sudor me resbaló por la espalda. Con el afán de ahuyentar cualquier idea desagradable, me puse a pensar en que llegando a casa tiraría la taza de Guillermo, incluso se me ocurrió que era mejor si la rompía antes, así no me sería posible recuperarla ni queriendo, bastaría con dejarla caer desde la encimera. Entré al salón y mis alumnos me observaron con disimulo. “¿Qué pasa?”, les pregunté. Todos bajaron la mirada, salvo doña Telma, que se quedó viendo mi ropa con un gesto de desaprobación. Entonces me acordé del coche que me salpicó el agua de los charcos.
Hacia el mediodía hizo un poco de sol. Aproveché el receso para salir a fumar. Caminé hasta el sauce de la esquina y de pronto vi al doctor Cipriano Etxeberri hablando con el señor del periódico, los dos me miraron de reojo. El corazón me latió con dolorosa violencia y, aun así, seguí avanzando hacia ellos como si nada sucediera. Al aproximarme, noté que no era él. Últimamente me pasa seguido, veo al doctor Etxeberri en todos los hombres que llevan gabardina gris y sombrero fedora, como él hacía. Otro motivo para odiar la lluvia. Tú siempre dices que el doctor Etxeberri no va a volver jamás, y sé que tienes razón, pero yo sigo teniendo miedo, y ya sabes, el miedo es como un palomo ciego, quiere volar y no puede y entonces se queda parado en donde está, esperando que un viento llegue y lo barra. Y yo estoy en ésas, esperando ese maldito viento con impaciencia.
Adivinarás ya lo que pasó cuando volví a casa. Tomé la taza de Guillermo y la puse en el filo de la encimera, luego comencé a empujarla con el dedo índice poco a poquito y, cuando volcó por fin, sentí que en mi estómago se formó un abismo y comenzó a tragarme; en el último milisegundo, metí la punta del pie para evitar que la taza se hiciera añicos, fue un reflejo que me jugó en contra. La estúpida taza perdió la oreja, sí, pero quedó entera, de modo que la sigo usando. Para serte franca, debo confesar que aún guardo esperanzas de que Guillermo vuelva alguna vez, no importa si tarda un mes o diez años, yo puedo estar aquí en la casa, esperándolo. No sabes cómo lamento haberle causado esas heridas tan monstruosas, no sólo a él, sino a toda su familia. Despecho puro. Estaba muy lastimada por su abandono, ¿sabes?, sentía que nunca iba a ser capaz de rehacer mi vida.
Guillermo y yo nos conocimos en el último año de la preparatoria. Me acuerdo de que al principio me desagradaba, porque tenía ese lunar cerca de la boca que lo hacía ver un poco femenino. Además era muy delgado y usaba un arete. Un día salí a tomar el sol a la explanada de la escuela y él llegó de pronto y se sentó a mi lado sin voltear a verme, luego sacó una armónica y se puso a tocar música andina. Música andina, qué bizarro me pareció entonces.
A los pocos días de la desaparición de Guillermo, conocí al doctor Cipriano Etxeberri. Empezó a ir a la biblioteca todos los lunes. Siempre caminaba con las manos metidas en su gabardina hasta la sección de religiones antiguas y se pasaba horas en una de las mesas individuales junto al ventanal, tomando apuntes en un viejo cuaderno empastado en piel. Esa sección es húmeda y fría, así que en ningún momento se quitaba ni la gabardina ni el sombrero fedora. Escribía con una pluma fuente, recuerdo bien su preciosa caligrafía. El doctor Etxeberri tenía el pelo cano, las mejillas hundidas, la piel pálida y un ojo como apagado o como seco. Me llamó la atención desde el primer día, no por su peculiar apariencia, sino porque pidió en préstamo el Bardo Thödol. Nadie, en los seis años que yo llevaba a cargo de esa sección, había pedido ese libro. Supe después que recién había llegado del Tíbet, donde había vivido muchos años, y estaba escribiendo una tesis doctoral sobre El libro tibetano de los muertos.
Una tarde me encontró llorando tras el mostrador. Me avergonzó tanto que me viera en esas condiciones y, sin embargo, lejos controlarme, me descompuse aún más. La tristeza me sobrepasaba. Tenía cuatro días sin saber de Guillermo, ya había ido a buscarlo a casa de sus padres y nada, tampoco sus amigos sabían de él, o no querían decirme. El doctor Etxeberri fue a conseguirme un vaso de agua y se estuvo conmigo hasta que recuperé la calma, pero no pronunció palabra alguna. Cuando llegué a mi casa, revisé con minucia las pertenencias de Guillermo, estaban intactas, también leí sus papeles y sus cuadernos sin poder encontrar la menor pista. Por más que revolvía en los cajones de mi cerebro, no logré comprender por qué se había ido así, sin avisar, sin dejar una nota siquiera. La siguiente vez que vi al doctor Etxeberri, me acerqué a su mesa y le di las gracias, apenas me salió un hilo de voz. Él me miró a los ojos un segundo, te juro que fue sólo un segundo, y algo vi en su pupila que me dejó llena de inquietud el resto del día. No sé explicártelo con claridad, era como si pudieras asomarte a otros tiempos, tal vez futuros, tal vez prehistóricos, tiempos muy lejanos del ahora, eso sí.
Dos semanas después, me enteré de que Guillermo se había ido a una expedición por Centroamérica con una amiga de la carrera y no iba a volver en mucho tiempo. Me lo dijo su madre. Y me lo dijo sólo porque no le quedó otro remedio. La señora nunca me había querido y no desperdiciaba oportunidad para demostrarlo. Fui a su casa con un bote de espray y comencé a hacer pintas en la fachada preguntando dónde estaba Guillermo. Ella y su esposo amenazaron con llamar a la policía. Se armó un escándalo tal, que los vecinos salieron a mirar por la ventana o de plano se acercaron a ver qué sucedía. La señora era muy pretensiosa y nada le resultaba más bochornoso que dar un espectáculo. Por eso me dijo lo de la expedición a Centroamérica, y me lo dijo con un gesto de triunfo en los labios. Yo no quise creerle, regresé a mi casa y lloré hasta la madrugada, los días pasaron y Guillermo no apareció, no me quedó más que aceptar que la señora había dicho la verdad. Fue así como empecé a llenarme de odio, sentí cómo fue inundando gota a gota mis células, mis hormonas, mis arterias. El odio no se queda quieto, oye lo que te digo, sigue creciendo sin que te des cuenta, es peor que el miedo, allá tú si no me crees. Comencé a desear que le pasaran cosas malas, a él y a su amiga. Comencé a desear que sufriera, que fuera infeliz, que pagara lo que había hecho.
Al día siguiente llegué a la biblioteca con los ojos hinchados. En el receso, salí a la esquina a fumar. Para mi sorpresa, me encontré con que el doctor Etxeberri estaba cortando un puro bajo el sauce. Por suerte traía mis lentes oscuros, fingí que no lo había visto y encendí mi cigarro. Inadvertidamente, el doctor me dio los buenos días con una voz ronca y profunda. No me preguntes cómo, pero en menos de diez minutos ya le había contado lo de Guillermo. Le conté hasta lo de la estúpida armónica y la música andina. Guillermo y yo teníamos cinco años viviendo juntos. Al salir de la prepa él entró a estudiar musicología y yo empecé la carrera de bibliotecaria. Claro, como mi profesión es más práctica yo conseguí empleo al poco tiempo; él no, de vez en cuando daba una clase o hacía trabajos de investigación temporales, así que fui yo quien se encargó de los gastos de la casa. Guillermo decía que cuando se graduara todo iba a cambiar. Estábamos llenos de planes para el futuro, dirás que suena cursi, pero él era casi una religión para mí. La última noche que pasó en la casa todo fue tan normal, incluso metió ropa a la lavadora y bajó al súper a comprar cosas que hacían falta en la despensa. Nunca supe que tenía una amiga y menos que quisiera ir a Centroamérica. A la mañana siguiente se despertó de buen humor, igual que siempre, y se sirvió el café en su estúpida taza, igual que siempre. Luego se despidió de mí con un beso en la nariz, me dijo “nos vemos en la noche” y no regresó más. El doctor Etxeberri escuchó mi telenovela sin inmutarse, luego dijo que si yo quería él podía ayudarme y antes de que le contestara se marchó. Me di cuenta de que el señor del puesto de periódico nos miraba. Esa fue la primera vez que noté el canto de los zanates en la copa del sauce. No era un canto armónico, más bien trasmitía zozobra, se parecía al llanto agudo de los niños.
Ya te sabes el resto de la historia, te lo he contado hasta el hartazgo, sé que hay muchas cosas que no me crees, qué quieres que le haga, quizá yo tampoco las creería si no las hubiera vivido. Todas esas tardes que pasé en el departamento del doctor Etxeberri, analizando el Bardo Thödol hasta que se asomaba la madrugada. Un departamento sombrío, con pocos muebles pero lleno de libros, de mapas y de cartapacios en lenguas extrañas; la terraza estaba atestada de orquídeas colgantes y bebederos sobre los que descendían parvadas de zanates al caer la noche. El doctor también me hizo estudiar los sutras de Buda que juzgó más acordes con mi naturaleza y varios pasajes de una rarísima edición del Tao Te King que había comprado en un viaje a Quemoy, esto porque yo no tenía una instrucción espiritual sólida y él decía que las personas sin cosmovisión no podían llegar a ninguna parte. Me entrenó para que pudiera comer raciones cada vez más grandes de nti-si-tho y resistiera las alucinaciones de ese hongo en absoluta calma. Aunque lo más importante, y también lo más difícil, según decía él, era que aprendiera a dominar la respiración, pues hasta el día de hoy no se conocía otra forma de trasmigrar; para ese fin, tuvimos sesiones que duraron horas interminables y que me dejaban extenuada. Créeme, tardé mucho en comprender hacia dónde me estaba llevando, pero la curiosidad y el afán de venganza me hicieron seguir al doctor Etxeberri hasta el final del camino. Año y medio después, el doctor consideró que ya estaba preparada para sacar el odio de mi alma, esas fueron las palabras exactas que pronunció.
Tomamos la carretera de madrugada y salimos de la ciudad rumbo al Cerro de las Acacias. Había neblina, lo recuerdo bien. Caminamos unas tres horas antes de alcanzar la cima y al llegar armamos las tiendas de campaña. Recién iniciaba la fase de luna llena. Pernoctamos ahí las siete noches que duró nuestro ritual de purificación. No comimos más que nti-si-tho y tragos de agua simple. El doctor me enseñó a manejar a voluntad las alteraciones del tiempo y el espacio que nos producían las raciones de hongo. Al séptimo día me hizo entrar en un sueño profundo, a continuación, pegó su boca a mi oído y en voz muy baja me ordenó que apagara mi respiración por completo. Así me mantuvo quizá una hora. Súbitamente comprendí que estaba muerta. Había logrado llegar al Bardo. Sé que me vas a preguntar por milésima vez qué es el Bardo, y no es que no lo entiendas, más bien no quieres, a veces creo que para ser psiquiatra tienes una mentalidad muy cerrada, perdona que te lo diga; voy a explicártelo en palabras llanas: el Bardo es el estado intermedio entre tu última reencarnación y tu siguiente vida, ¿me entiendes?, tu siguiente vida o el Nirvana, si eres de los pocos afortunados; dura 49 días, aunque puede terminar antes. El doctor Etxeberri se acercó de nuevo a mi oído y me ordenó que batiera las alas; si bien no entendí del todo sus palabras, obedecí al instante; en efecto, ya no tenía brazos, sino unas preciosas alas color negro tornasol; quise darle las gracias, pero lo único que salió de mi garganta fue un graznido de zanate. Mi corazón dio un retumbo, no dentro de mí, sino a lo lejos, del otro lado de las montañas de aquel paraje violeta en el que me encontraba. A continuación, el doctor me indicó que volteara hacia mi lado izquierdo y entonces lo vi, estaba parado sobre la roca, aunque no era más él, también se había transformado en un zanate. Un zanate viejo con hoyos en el plumaje y un ojo apagado.
El doctor Etxeberri y yo emprendimos el vuelo. No sabía hacia dónde viajábamos, y sin embargo me hacía una idea. Volamos toda la noche por un cielo magenta oscuro, totalmente desprovisto de nubes. Vi pasar bajo nosotros cientos de colinas, cimas y ríos; cañones y estuarios plagados de flamencos; bosques tropicales y selvas caducifolias; mares en calma y pueblos cubiertos de neblina. Por fin llegamos a una misteriosa urbe de clima húmedo. Supe, sin haber estado ahí antes, que era la ciudad de Antigua, lo supe de la nada, sólo fue ver el Arco del Antiguo Convento y comprender que nos hallábamos en Guatemala. Aterrizamos en el campanario de una pequeña iglesia. Creí advertir que el doctor estaba profundamente agotado. El ojo sano se le había puesto rojo y le daba un aspecto más tétrico, si cabe. Las calles empedradas estaban vacías, eran las cuatro de la madrugada, todo estaba en silencio. Reiniciamos el vuelo con dirección a una casa en las afueras de la ciudad, atravesamos los cristales de la ventana con nuestros cuerpos fantasmales y aterrizamos en una habitación de paredes encaladas. Ahí estaba Guillermo, dormía sobre una estera junto a su amiga. Tenía el torso desnudo y unos piquetes de mosquito en el hombro, su pelo había crecido y estaba despeinado, en su boca había ese gesto dulce que le quedaba en las noches de mucho sexo. Se echaba de ver que era feliz. Tuve unas ganas inmensas de abrazarlo. Sentí que mis ojos se humedecieron, pero no lloré porque los pájaros no tienen llanto.
Entonces el doctor Etxeberri me ordenó que le arrancara un ojo. Escuché su voz humana llegar desde el Cerro de las Acacias hasta mi oído, con una claridad oscura. “Este es tu momento”, dijo, “haz que pague el dolor que te causó”. Me eché hacia atrás llena de terror. Ya no quería hacerle daño, ya no quería que fuera infeliz. Todo el odio que tenía antes de emprender el vuelo se había disipado con el viento. Pero el doctor volvió a darme la orden, ahora con un tono amenazante, y tuve miedo de que me dejara abandonada en el Bardo si no lo obedecía. Mi corazón retumbó de nuevo tras las montañas. Me acerqué a Guillermo y de un salvaje picotazo le arranqué el ojo derecho. Su cara se llenó de gruesas gotas de sangre, pero no se movió ni un milímetro, era como si no sintiera nada. Un sabor a cobre me inundó la garganta. El doctor miró con impúdica avaricia el globo ocular que colgaba como un huevo roto y azulado de mi pico. La amiga de Guillermo se revolvió en la estera, creí que iba a despertar y me posé en su pecho para ver su cara, la pequeña mariposa negra que tenía tatuada en la clavícula me distrajo. El doctor se abalanzó sobre el globo ocular y lo devoró a sorbos, sin darme tiempo de pensar siquiera; acto seguido, comenzó a rejuvenecer, o eso creí, porque su ojo apagado recuperó la vida poco a poco y sus plumas pardas se volvieron azabache. Yo empecé a cantar con mi voz de zanate una canción primitiva y amarga para dejar escapar el dolor que sentía. El doctor Etxeberri se rio y me ordenó que le sacara el otro ojo. El pavor me hizo dar vueltas sobre mis patas de pájaro en completo desorden, con las alas estiradas y temblorosas. El doctor revoloteó por encima de mí con violencia y me arrancó unas plumas de la nuca. Entonces hui sin pensar en las consecuencias. Atravesé la ventana y volé sin rumbo. Tardé tres días en regresar al Cerro de las Acacias. Una vez ahí, vi que mi cuerpo y el del doctor Etxeberri yacían en los sacos de dormir: seguíamos muertos. Me paré en la rama de un árbol y un instante después caí dormida, el cansancio me venció por fin. Cuando desperté, estaba recostada en el saco de dormir. Mis alas habían desaparecido. Todo había vuelto a la normalidad o eso parecía. Me incorporé y vi al doctor a mi lado. Tenía un ojo hundido. Partes de su cara y de sus largas manos estaban cubiertas de plumas cenicientas.
Eché a correr cerro abajo y cuando al fin alcancé la carretera conseguí que una señora ya entrada en años me diera un aventón hasta la ciudad. El doctor no volvió más por la biblioteca, nunca supe si logró regresar del Bardo.
Meses más tarde, un amigo en común vino a verme. Durante la plática, me contó que Guillermo había perdido un ojo en circunstancias demasiado extrañas: “Fue durante la noche, ahí en Guatemala, muchos culpan a la chica que viajaba con él, hasta se quedó detenida en una cárcel de allá. Él ahora está en casa de sus padres, casi todo el tiempo está sedado. Su madre quedó destrozada con todo esto, si la vieras, envejeció diez años de golpe”. Antes de irse, encendió un cigarro y dijo como no queriendo que Guillermo había preguntado por mí.
Desde entonces comenzaron a aparecer plumas negras en sitios francamente inesperados de la casa. La otra vez encontré unas en la caja de cereal. Antes eran muchas más, gracias al cielo han ido acabándose poco a poco, ojalá que un día terminen de irse. ¿Ya me entiendes por qué no me atreví a romper la taza de Guillermo? Siento que aún no es hora, él puede tocar a la puerta el día menos pensado, yo sé que nuestra historia todavía no llega a su fin.
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La narradora y traductora CLAUDIA SÁNCHEZ ROD ha publicado Ratones knockout, La marta negra, Me dejaste puro animal inexistente y antologías de poesía y cuento; ha obtenido el Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano y el Premio Iberoamericano de Cuento Ventosa-Arrufat / Fundación Elena Poniatowska Amor. Colaboró en la revista argentina Lamás Médula, el Periódico de Poesía de la UNAM y otras publicaciones en España y EU. Coedita la revista Biblioteca de México: De Ciudadela a Vasconcelos.