'Vender libros es vender universos' por Betty Bitter Bow
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Vender libros es vender universos

La librería Educal Alejandro Rossi

CUENTOS INESPERADOS PARA RECIBIR EL INVIERNO


Por Betty Bitter Bow   |    Diciembre de 2025


Salir a caminar por la ciudad y encontrarte una librería en una esquina cualquiera puede parecer un hecho casi natural, aunque si nos detenemos un momento a pensarlo, una librería es un prodigio. No se sabe muy bien a quién se le ocurrió por primera vez la idea de un establecimiento comercial para vender nada más ni nada menos que libros, pero se sabe que esta actividad se remonta a la antigüedad, a los talleres de impresores o escribas de Atenas y Roma. Hay registros de que en el siglo I a. C., Tito Pomponio Ático, un editor, mecenas de las letras y comerciante, vendía rollos de papiro copiados a mano. Así surgió una especie de librerías que se ubicaban cerca de los foros y los templos romanos, y eran frecuentadas por escritores, filósofos y políticos. Ahora bien, la primera librería moderna —es decir, una tienda abierta al público en general cuya finalidad era vender libros impresos— fue fundada en París, en 1672, por el librero alemán Andreas Wechelus, también conocido como André Wechel. A partir de entonces, otras ciudades europeas, como Venecia, Ámsterdam o Londres, dieron un potente impulso a esta industria. Actualmente, la Librería Bertrand es la más antigua del mundo en funcionamiento y está en Lisboa.

En América, Giovanni Paoli, mejor conocido como Juan Pablos, fue el primer impresor que vendió libros en la Nueva España, en lo que hoy se conoce como Casa de la Primera Imprenta de América, en Ciudad de México. Y la Antigua Librería de Abadiano, también establecida en la Ciudad de México, es considerada la primera en el continente.

Al parecer, el deseo de poseer una biblioteca personal dio paso al negocio de los libreros, que con el tiempo, y para fortuna de todos, alcanzó su mejor expresión en las librerías tal como las conocemos hoy. En la actualidad, estas tiendas se han convertido en espacios para el goce (y para el deseo insatisfecho, por qué no decirlo), ya nadie imagina el mundo sin ellas, con todo y el fantasma del libro electrónico o la venta en línea.

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Puede que la Ciudad de México a veces (o casi siempre) sea una especie de gólem indeseable, aunque eso sí, tiene muchas librerías preciosas, hay ejemplos de sobra, pero ahora que me dirijo a la Alejandro Rossi de Educal, aprovecharé para contarles de ella. Está dentro de la Ciudadela, uno de los lugares más entrañables de la ciudad, construido a finales del siglo XVIII, cuando ni siquiera nos llamábamos México, en ese entonces todavía éramos la Nueva España. Calculen la cantidad de almas que han coincidido en este punto perdido del universo con todos esos años de por medio. En sus orígenes, fue una fábrica de tabacos, luego se convirtió en un parque general de artillería, con lo cual pasó a ser oficialmente una ciudadela, es decir, una fortaleza construida al interior de una urbe. Una vez consumada la Guerra de Independencia se utilizó como almacén de armamento, aunque también sirvió como cuartel, hospital, taller de maestranza y armería, laboratorio y almacén de sanidad militar. Quién se hubiera imaginado lo que terminaría albergando entre sus muros hoy en día. Seguro que nadie.

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Llego por fin a la librería Alejandro Rossi, nombrada en honor al filósofo y escritor italo-mexicano. Esta belleza está ubicada en el acceso principal del conjunto arquitectónico, en la cabecera norte de la Ciudadela. El espacio de la entrada, si bien no es muy grande, da una sensación de gran amplitud y a esta hora (las dos de la tarde), toda la luz del sol se cuela por el cristal de los ventanales. Está dividida en dos áreas independientes y simétricas: una para adultos y otra para niños. Hasta el artículo más pequeño está dispuesto de una manera armónica, se nota que el personal pone mucha atención a los detalles. Aquí se concentra la oferta editorial, sus estantes no sólo ofrecen libros de literatura, arte, ensayo, política, sino también litografías, pósteres y lienzos, revistas de fotografía, historia y geografía, playeras, separadores, artesanías. El señor Joaquín Piedad Reyes, encargado de la Alejandro Rossi desde hace cinco años (y trabajador en Educal desde hace 24) me explica que “unos 20 años atrás, teníamos infinidad de revistas de todo tipo: de arte, de cultura, de historia, de fotografía, pero con el paso del tiempo muchas han desaparecido, ya no se publican. Las que han permanecido son las más comerciales, o las más vendibles, como la Revista de la Universidad de México, Cuartoscuro, Alquimia, Luna Córnea, Arqueología Mexicana —que se vende muy bien— y Chilango”. El gusto de los lectores ha evolucionado de manera importante a través del tiempo, un gran número de publicaciones ha emigrado al espacio virtual (y aquí no sé si pedir un minuto de silencio o si ya no viene al caso).

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El recinto está lleno de sorpresas, la primera llega cuando te asomas a la crujía longitudinal: es como un panal repleto de nichos que atesoran libros y más libros, el efecto es envolvente, da la sensación de estar en un panóptico; al fondo, el muro está cubierto por un espejo que hace que la perspectiva crezca al doble. Cuando miras el suelo, te llevas una sorpresa más: está cubierto por una extensa retícula revestida con material transparente, en su interior hay diferentes objetos lindos (y más libros) que puedes ir apreciando mientras caminas. En resumen, a donde sea que voltees te encontrarás con un algo bello.

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Antes de marcharme, compro dos ejemplares de la revista Biblioteca de México —como un homenaje a la nostalgia. Me echo a caminar en busca de un café, a querer y no, llego hasta el Monumento a la Revolución, y a querer y no, empieza a llover. Me meto al café y pido un americano, me siento en una mesa frente al ventanal que da a la acera y me pongo a observar a la gente que huye del agua. Y en este punto me despido de ustedes porque voy a sumergirme un rato en las páginas de mis revistas, pero, por favor, si un día pasan por la Ciudadela, entren a la librería Alejandro Rossi y disfrútenla, lo digo en serio.

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· Fotografías: CSR



Cuentista y periodista cultural, BETTY BITTER BOW es jefa de Redacción en la revista Biblioteca de México: De Ciudadela a Vasconcelos.